A Noa le encantaba jugar en la huerta de su antigua y vieja casa, con apenas cuatro añitos aquel gran espacio era todo un mundo para ella. Nunca se cansaba de correr, saltar, y trepar a la higuera, pero tras tanto trajín ¡que hambre!, mas no le apetecía irse de la huerta ni comer bocadillo.
-Ya lo se- exclamó entusiasmada-. Comeré las fresitas de papá.
Pronto el jugo de las fresas brillaba en su barbilla, y teñía sus deditos de rosa. Alguien se acerca, sabe que es su padre aunque no le vea, y sabe que no le debe ver comiendo fresas, aunque no entiende porqué, así que bajando la cabecita hace como que persigue al gato. Pero es demasiado tarde.
-Noa ¿qué estás comiendo?
-Fresitas de la huerta papi- contesta mientras sale corriendo.
Su padre se queda de piedra, todo parece normal pero no lo es, no lo es en absoluto, ¿fresas en mitad del invierno?
Intenta buscar una explicación mientras mira el terreno cubierto de nieve. Siguiendo las huellas de la niña, llega hasta dos imposibles plantas de fresas, que hermosas y frescas han brotado espontáneamente a través de la dura nieve. El hortelano se endereza, suspira, se resigna, sospecha desde que nació que su hija es especial, ¡¿pero tanto?!
Quisiera no pensar en ello pero le cuesta, existe una mente lógica y calculadora tras sus ojos azul acero, aunque sorprendentemente bondadosos. No son estos los ojos de Noa, ella es una réplica de su madre, esbelta, pelo azabache brillante, y ojos grandes, oscuros, profundos, tan misteriosos como el lago del bosque.
-¡Mami, mami!- grita Noa mientras se refugia en sus brazos. Mami ya lo sabe, siempre lo ha sabido, no como los demás. Nadie se extrañó cuando empezó a andar tan pronto, nadie supo que escuchaba como hablaban de ella, mientras pensaban que estaba despistada jugando, nadie supo que podía hablar, pero no lo hacía porque no era lo normal aún, nadie excepto mami. Ahora papi también lo sabía, aunque se resistiera a creerlo. Noa ya lo esperaba desde el día en que la intuición de papi le sorprendió. Fue cuando los tíos le estaban hablando tonterías porque aún era un bebé, y su padre les dijo enfurruñado.
- ¿Porqué le habláis como a un tonto?, ¡si os entiende perfectamente!- Entonces Noa comprendió que su padre era más listo que la mayoría, no sería fácil ocultarle su magia.
Pero no pasó nada el día de las fresas, porque cuando papi preguntó a mami que era lo que ocurría, ella le miró tan fijamente, que sintió como le llegaba al fondo del alma.
- No tienes por qué preocuparte- le dijo con cariño-. Todo va bien.
Y en ese momento el entendió que ella “sabía”, y que si le necesitaban ya le avisarían. Con lo cual se relajó, se encogió de hombros, y dijo:- Bueno, será mejor que vaya a arrancar las plantas misteriosas, no sea que nos quemen en la hoguera.
- No seas tétrico amor, Noa no volverá a hacerlo. ¿Verdad que no?- preguntó a la niña que aún se relamía los dedos.
- No mami- oyó su padre que contestaba mientras se alejaba hacia el fresal. Las risas que oía a su espalda no mejoraban su humor precisamente, pero mientras arrancaba las plantas, su ceño fruncido fue tornándose en sonrisa poco a poco.
- Cuando quiera que me crezcan los puerros, ya se a quién se lo voy a pedir a cambio de una piruleta- murmuraba para sí socarrón.
Mucho más divertida fue la excursión que hicieron poco después al río, pero esto lo descubriréis en el próximo relato. ¡Hasta pronto!