Noa observaba atentamente a Glotón, un enorme gato negro, que parecía ser el amo de los tejados del pueblo. A pesar de su tamaño Glotón era muy manso y dormilón. Noa había querido adoptarlo y tenerlo en casa, pero su padre era algo alérgico a los gatos.
-¿Gatos en casa? ¡Ni hablar!- había dicho -. Solo me faltaba estar estornudando todo el día, y no me hagas pucheros que esta vez no te va a servir de nada señorita.
Por lo tanto Noa había tenido que aguantarse y dejar a Glotón en la calle, el cual por otra parte dormía muy a gusto en su escondite del tejado. Su padre sabía que rondaba por allí, pero no le echaba porque mantenía alejados a los ratones, y prefería estornudar de vez en cuando, que tener la casa y la huerta plagada de roedores.
Noa opinaba que este gato a pesar de su apariencia no era nada normal. Su pelaje negro brillaba al sol tan intensamente, que parecía contener cristalitos, y sus ojos casi siempre adormilados, te los podías encontrar en ocasiones mirándote con una intensidad e inteligencia, que parecía saber perfectamente lo que estabas pensando.
-Toma Glotón, uno de limón- decía Noa mientras daba un chicle al gato.
El curioso gato cogía delicadamente con sus afiladísimos dientes, la golosina de los deditos de Noa, lo masticaba un rato, y luego lo dejaba caer al suelo relamiéndose el hocico.
-¿A ti también te ha dicho tu mama que no hay que tragarse los chicles?- le preguntaba Noa al verlo. Alguna vez el gato le miraba fijamente mientras estiraba el cuello, y parecía que iba a responderle, pero al final nunca lo hacía.
Incluso su padre reconocía que el gato era muy listo, y se rió mucho cuando Noa le contó lo de los chicles.
-¿Y sabes papi? no le gustan los de menta, esos los huele y se encoge, como si le dieran asco.
Hasta ese momento su padre veía al gato con una mezcla de simpatía y repelencia por su alergia, pero un día de fiesta su opinión sobre glotón cambió de golpe. Noa se había puesto el vestido amarillo que tanto le gustaba, y la bonita pulsera que su tía le había regalado aquella misma mañana. A pesar de ser tan pequeña, su madre le dejaba ponerse la ropa que quisiera.
-Está desarrollando su personalidad- decía su madre-, y no se le deben limitar sus gustos con la ropa.
Nadie sabe si su madre se hubiera mantenido firme en ello, de tener Noa gustos excesivamente raros, pero lo cierto es que la niña tenía un gusto exquisito, y siempre iba de punta en blanco.
Noa se sentía genial, corriendo y saltando con su precioso vestido y su pulsera nueva por la huerta, persiguiendo mariposas y asustando a los gorriones. Le gustaban todo tipo de animales, por lo que tras sentarse muy cansada en la hierba, reparó con curiosidad en un gusano enroscado al sol.
-Pobre gusanito, se va a secar al sol, será mejor que lo lleve a la sombra – decidió mientras alargaba su manita. Pero en ese momento apareció Glotón como un rayo, dando zarpazos con sus afiladas uñas al gusano.
-¡Gato malo, deja en paz al gusanito!- gritaba Noa, pero Glotón no le dejaba acercarse, bufaba como loco, tenía todo su brillante pelaje de punta, y no se calmó hasta que el gusano estuvo hecho trizas. Entonces miró a Noa, dio media vuelta y se marchó lentamente con el rabo muy alto.
-¡Se lo voy a contar a papá!- le gritó Noa muy enfadada- verás que escobazos te da.
Y ni corta ni perezosa, Noa puso los restos del gusano en una lata vieja, y fue en busca de su padre.
-¡Mira lo que ha hecho Glotón papá!- dijo Noa tendiéndole a su padre la lata-. Yo iba a poner al gusanito a la sombra, y el malísimo gato le ha atacado.
Pero su padre no maldijo al gato como ella esperaba, sino que se puso muy serio, y su madre se llevó una mano a la boca con un escalofrío, cuando vio el contenido de la lata. Su padre se agachó a la altura de Noa y le dijo conmovido.
-Noa, esto no es un gusano, sino una víbora, y si Glotón no la hubiera matado, te habría mordido y habrías caído gravemente enferma como poco. ¿Lo entiendes cariño, sabrás distinguir ahora un gusano de una víbora?
-Si papi- contestó Noa con lágrimas en los ojos, y salió gritando-¡Glotón, Glotón, dónde estás bonito, ven que te daré un montón de chicles de limón!
Pero Glotón muy tieso en lo alto del tejado, no se dignó a bajar, parecía muy orgulloso de sí mismo, y allí se quedó exhibiéndose ufano hasta el día siguiente.
¡Hasta pronto!