Noa y el espantapájaros.

-Tanto trabajo, total para nada- se quejaba el hortelano, mirando decepcionado su flaco espantapájaros.

Había diseñado aquel muñeco con mucho ingenio, articulando sus brazos para que se movieran con la brisa. En su base consiguió adaptarle una rueda horizontalmente, para que todo el muñeco pudiera girar también, dándole así una espectacular movilidad. Incluso le vistió con un chillón jersey a rayas rojas y blancas, y un viejo pantalón azul de peto. Su cabeza hecha con un saquito blanco, en el que había pintado una cara seria con pecas y todo, estaba rematada con un elegante pero roto sombrero de copa, rescatado de entre los disfraces del último carnaval.

-¿Por qué no se mueve papi?- preguntó Noa tirando de los pantalones a su padre.

-Ese es el problema cariño- contestó este rascándose la incipiente barba-. Si no hay viento no se mueve, y si no se mueve los pájaros no se asustan, lo malo es que por aquí son pocos los días que corre la brisa.

-Si pudiera ver los pájaros, no necesitaría viento- le dijo Noa interrumpiendo la silenciosa concentración de su padre-. Los espantaría cuando los viera acercarse.

-Pero es que todos los espantapájaros son ciegos Noa- contestó su padre sonriendo ante la ocurrencia de la niña.

Sin embargo lejos de conformarse con esta respuesta, Noa corrió a casa en busca de su madre.

-¡Mami, mami! ¿Dónde has guardado las canicas?

-Aquí están- contestó su madre sacando la cajita de canicas de un armario-. Pero ten cuidado, ya sabes que esas canicas son especiales.

-Si mami- contestó Noa rebuscando entre todas las canicas. Al fin apartó dos de preciosos tonos pardos, y tendió la caja a su madre.

-Gracias mami, guárdamelas otra vez- y sin esperar respuesta, salió como un rayo a la huerta.

-Toma papi- le dijo Noa entre sofocos por la carrera-. Ponle estos ojos y así podrá ver.

-Pero ¿Cómo se los voy a pegar a la cara?- le preguntó su padre intentando no reírse.

-Hazle agujeritos y se los metes- le contestó ella como si fuera lo más evidente del mundo.

Su padre le siguió la corriente, y sacando una navajita del bolsillo, practicó sendos agujeritos donde el muñeco tenía pintados los ojos, e introdujo en ellos las canicas.

-¿Así está bien cariño?

-¡Muy bien ya puede ver…! pero, ¿cómo se llama papi?

-¿El nombre? ¡Sí claro!- pensó rápidamente su padre-. Tendrá que ser fuerte, para aguantar el frío y el calor a la intemperie, y a veces dar miedo para asustar a los pájaros, así que se llamará… Iván, Iván el terrible.

-¡Iván, qué bonito!- aplaudió Noa muy contenta-. Ya verás como Iván no deja que ningún pájaro se acerque a tus verduras.

- Mucho me temo que Iván se limitará a tomar el sol- murmuró el hortelano mientras Noa se alejaba cantando. Pero para su sorpresa, pasaron los días y los pájaros ya no le estropeaban la huerta, desde que Noa le pusiera los ojos, ni una sola hortaliza había sido picoteada, y su padre no podía entender cual podía ser la razón. Hasta que en el ocaso de una preciosa tarde, mientras los padres de Noa tumbados en hamacas, disfrutaban de los últimos rayos de sol con un vaso de zumo, quedó muy claro de qué se asustaban los pájaros.

-Parece que mi suerte se acaba- dijo el padre de Noa mientras observaba como llegaban gorriones a su huerta. Pero muy al contrario los pajarillos se espantaron, y no fue menor el susto del hortelano que se atragantó con el zumo, y se mojó con él toda la camisa.

-Si no lo veo no lo creo- balbuceó sin salir de su asombro, pues apenas se habían posado los gorriones, cuando sin previo aviso el espantapájaros se había puesto a zarandearse, dando manotazos y patadas mientras giraba locamente. Pero lo más extraño, no es que empezara a moverse repentinamente sin que soplara la más mínima brisa, lo increíble de verdad, era que sus ojos se habían iluminado intensamente como brasas, hasta que los pajarillos huyeron despavoridos, momento en el que sus ojos se apagaron, a la vez que cesaban sus zarandeos.

-¿Has visto lo que ha hecho?- preguntó el pobre hombre aún paralizado.

-Si cariño, se supone que eso es lo que tenía que hacer ¿no?, espantar pájaros- contestó su mujer tan tranquila.

-¿Crees que puede ser peligroso el muñeco?

-¡Claro que no!, y llámale Iván, no sea que se ofenda.

-¡Pero mujer, sólo te falta decir que es mi hijo!- exclamó él.

-¿Tu hijo? Mmm…- pensó ella, y levantándose cogió un rotulador de Noa, se dirigió sin titubeos hacia el espantapájaros, le sujetó la cara y en su seria boca le pintó labios, y le curvo una comisura hacia arriba, dándole así un alegre y pícaro semblante.

-Ya está- dijo ella volviendo junto a su marido-. Ahora también es hijo mío, no me negarás que tiene mi sonrisa.

-Pues espero que no me pida la paga- contestó él aún conmocionado-. Si empieza a hablar también, salgo huyendo con los gorriones.

Mientras esto ocurría, Noa estaba en su camita durmiendo, y soñando con nuevas aventuras ¡Hasta pronto!

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Noa y el espantapájaros.

  1. Ainhoa dijo:

    Ainhoa
    AMAYA
    CESAR, MUCHAS GRACIAS POR TRAER UNOS CUENTOS TAN BONITOS HASTA LAS CASAS DE LA GENTE.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>