Noa y el abuelo.

Aquella mañana Noa estaba muy contenta y excitada, tanto, que incluso cantaba con la boca llena de tostada y mermelada.

-Vaya, que contenta estás- le dijo su madre sonriendo por la alegría contagiosa de Noa. -¿A qué se debe tanto jolgorio?

- Es que llega hoy- contestó ella como si fuera lo más evidente del mundo.

-¿Qué llega quién?- le preguntó su padre curioso.

-No sé- contestó la niña tras pensarlo un rato, realmente no conocía el nombre del misterioso visitante, ni la razón de tal visita, pero había soñado que sería muy divertido.

Su padre se levantó de la mesa un tanto intrigado, ya sabía que algunas de las ocurrencias de su hija no podían tomarse a la ligera, y si alguien era tan especial como para que Noa predijera su llegada, sin duda debía ser una persona muy importante.

-A esta niña lo mismo la visita el Rey- murmuraba su padre cogiendo la podadora. –Arreglaré un poquito el jardín por si acaso.

Pero no había acabado de salir del cobertizo cuando se topó con un vejete harapiento, que observaba atentamente el enorme peral.

-Buenos días caballero ¿desea usted algo?- le preguntó educadamente el hortelano.

-Pues ya que se ofrece usted, le agradecería algo para comer, si es tan amable.

-Le prepararé un bocadillo si le parece bien- le contestaba guasón el hortelano, cuando apareció Noa corriendo como loca y fue a abrazarse a las piernas del abuelillo.

-¡Hola! ¿Qué me has traído?- le preguntó ella sin más preámbulos. Y ante la atónita mirada de su padre, el vejete sacó del bolsillo un puñado de preciosas canicas brillantes, que puso en las manos de Noa mientras le acariciaba la cabeza.

-¡Qué bonitas son!- exclamó Noa entusiasmada. –Ven abuelo que te enseñaré el espantapájaros.

-No te quedes ahí parado- le dijo al hortelano su mujer, que en ese mismo momento salía de casa. –El bocadillo le gusta de chorizo, y trae un refresco.

-¿Pero tú también le conoces, quién es este hombre?- le preguntó totalmente confundido.

-Creo que es un antepasado tan lejano, que no te lo ibas ni a creer- contestó misteriosa.

-Bueno, ya me contarás, pero ahora vigílame al ancianito, que por muy digno antepasado que sea parece un indigente loco.

Mientras sus padres charlaban, Noa le había presentado el espantapájaros al abuelo.

-Es un placer conocerle señor Iván- le saludaba el abuelo mientras sacudía cómicamente su mano enguantada. –Sin duda tiene usted la sonrisa de su madre- añadió guiñando un ojo a la madre de Noa, que se acercaba para darle la bienvenida.

-El señor Etor supongo- le saludó.

-Supones muy bien mi querida dama- contestó el abuelo besándole una mano a la antigua usanza- veo que has fundado una familia con el mayor de los éxitos, mi enhorabuena.

-Gracias Etor, sé bienvenido, te prepararé otra ropa, me temo que la tuya está algo anticuada- le propuso dirigiéndose a casa. Mientras, su marido salía con el bocadillo y el refresco.

Aprovechando que Noa jugaba entusiasmada con sus nuevas y refulgentes canicas, su padre interrogó precavidamente al anciano, mientras le entregaba la comida.

-¿O sea que es usted un familiar caballero?

-Etor por favor- apuntó el abuelo. –Podría decirse que sí, pero un familiar tan antiguo que no se lo creería usted.

-Sí, algo parecido dijo mi mujer- respondió observando al abuelo con sus penetrantes ojos grises, viéndolo de cerca, este extraño personaje no parecía tan viejo, pues a pesar de su piel curtida y ajada, y su pelo blanco, los ojos negros y profundos, muy parecidos a los de Noa, eran los límpidos ojos de un niño. Su ropa polvorienta y deshilachada no desprendía el esperado olor rancio, muy al contrario, del abuelo emanaba un grato aroma a romero y miel sorprendentemente intenso.

-¿Viene usted a enseñar algo a Noa, Etor?- preguntó ya sin reservas el hortelano.

-¿Enseñarle yo a ella?- replicó entre escandalosas risotadas el anciano. –Amigo mío, Noa es ilusión sin límites, es bondad pura, es la alegría que vence cualquier oscuridad, yo no he venido a enseñarle, sino a reaprender. Eso es muchacho lo que me dicta mi enorme sabiduría.

-¡Ven abuelito, mira que gato más gordo tengo!- les interrumpió Noa cogiendo al anciano de la mano. -¡Glotón, no te escapes gato malo!

Hasta pronto amigos.

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