Noa en el paraiso.

La lluvia no había cesado en todo el día, por lo que la familia de Noa estaba merendando en la cocina, fruta yogurt, y bizcocho casero.

-Está todo buenísimo- decía el abuelo que era muy goloso.- ¿No quieres un poco más de bizcocho Noa?

Pero Noa no estaba muy animada, pues le habían regañado por mojarse toda la ropa bajo la lluvia. Ella no entendía que a la gente no le gustara empaparse en lluvia, y saltar y bailar salpicando, en cuanto a la radio no sabía que se iba a estropear.

-Mira que tienes unas ocurrencias- se quejaba su padre mientras desmontaba la radio y secaba las piezas meticulosamente, por si pudiera arreglarse.

-Abuelo, que tal si nos cuentas alguna de tus historias ya que no podemos salir- propuso la mamá de Noa.

Noa no dijo nada, pero como le encantaban las historias del abuelo, le miró esperanzada con los ojos muy abiertos, y alcanzando un buen trozo de bizcocho lo mordió, mientras el abuelo carraspeaba preparándose teatralmente para comenzar su narración.

-Bien, esta narración comienza en otro mundo, un mundo feo, lúgubre, seco y oscuro, un planeta arrasado por violentas tormentas secas de arena recalentada. En él malvivíamos tribus de seres tan tristes y melancólicos como nuestro entorno. Solamente en los rarísimos y cortos instantes en que una ligera llovizna tiznada de cenizas se dignaba caer, un asomo de felicidad recorría nuestros cuerpos empapados, por eso a mí no me extraña nada que a Noa le guste tanto la lluvia- sentenció guiñándole un ojo a esta.

-Pero llegó el día-continuó – que incluso esas migajas de felicidad nos fueron negadas, la actividad volcánica del planeta se multiplicó, barriendo la escasa vida existente de la noche a la mañana, y con ella nosotros también perecimos.- en ese momento el abuelo hizo una pausa dramática en su relato, desde luego había captado totalmente la atención de toda la familia, el silencio se podía cortar.

-Pero no hay mal que cien años dure –prosiguió -, y cual fue nuestra sorpresa cuando nos dimos cuenta, que nuestros denigrados chamanes tenían razón, ¡nuestra alma resultó ser inmortal! Tras adquirir conciencia de nuestra alma, los que fuimos bondadosos en vida, tuvimos la dicha de ser invitados por poderes superiores, a elegir un paraíso de entre muchos.

-¿Qué es un paraíso abuelito?- preguntó Noa.

-Un paraíso es el cielo cariño, en forma de un lugar precioso, algunos totalmente verdes, con selvas, árboles gigantes, vegetación exuberante, o grandes praderas llenas de fragantes y preciosas flores. Otros estaban totalmente cubiertos de agua, en ellos las almas benditas nadaban ágiles cual delfines entre infinidad de peces destellantes, y se trasladaban en enormes medusas fosforescentes, por entre sus ciudades de blanco coral. Recuerdo un luminoso mundo de escarpadas montañas de increíble altura, en el que las almas planeaban felices sobre enormes aves rapaces, adornadas con cintas escarlatas. Sus fabulosas ciudades, estaban literalmente talladas en inmensos acantilados de piedra cristalina como el cuarzo, de tal manera que se podía adivinar miles de luces procedentes de su interior.

-¡Otro, otro!- animaba Noa entusiasmada.

- No era menos fabuloso el planeta blanco, un mundo helado en cuyo ecuador giraba un enorme y tranquilo mar plagado de inmensos iceberg, en ellos las almas construían grandes palacios de hielo, a cada cual más majestuoso, coronados de delicadísimas torres y cúpulas transparentes, hábilmente iluminadas conseguían tal belleza que no podríais ni imaginarlo. Además de crear tan sublime arquitectura, las mentes más portentosas, disfrutaban construyendo en el interior sumergido de estos colosales iceberg, complejísimos laberintos, retándose unos a otros a encontrarles la salida.

-Maravilloso retiro para un arquitecto- comentó la mamá de Noa.- Pero dime Etor, ¿Cuál es el paraíso más extraño que te fue mostrado?

- El más peculiar es el de los surfistas sin duda.

- Un mundo de océanos con olas enormes ¿No?- supuso el padre de Noa, sin apartar los ojos del montaje de la radio.

-¡Ja, ja!- rió el abuelo- Sería lo lógico, pero no, te aseguro que el todopoderoso no dejará de sorprenderte. El paraíso de los surfistas en realidad no es un planeta, sino el universo entero, viajan de estrella en estrella buscando las más inestables y explosivas, entonces se lanzan a su superficie y cabalgan con sus indestructibles tablas interminables erupciones estelares de cientos de kilómetros de largo, los más hábiles son capaces de cabalgar la ola de fuego hasta el final, y después se dejan atrapar por la gravedad buscando ávidamente otra buena erupción.

-¿Hiciste surf abuelito?- preguntó Noa entusiasmada.

-La verdad es que no pequeña- contestó Etor sonriendo ante la ocurrencia- Lo mío no es el surf, yo me enamoré de un planeta lleno de maravillas de toda clase, desde poderosos océanos, hasta colosales montañas nevadas, místicos desiertos ardientes, inhóspitos pero espléndidos parajes helados, viejos bosques centenarios, praderas inmensas frenadas por abruptos acantilados, selvas impenetrables cobijo de bellísimos animales, ríos rugiendo entre gargantas procedentes de fabulosos glaciares, y podría seguir y seguir contando maravillas de este planeta, crisol de todos los paraísos juntos.

-¿Y cómo se llama ese planeta tan bonito abuelo?- preguntó Noa intrigada.

-Se llama Tierra, y estamos en él ahora mismo- sentenció el abuelo- Por desgracia tan magnífico paraíso tiene una pega, y es que por él pululan millones de almas encerradas aún en su forma terrenal, muchas de las cuales están cegadas por el mal, y no conseguirán encontrar el camino correcto, al menos en esta vida.

-Así terminó la narración el abuelo, el cual obtuvo como premio un largo abrazo de Noa, un beso de su mamá, y un fuerte apretón de manos de papá.

-Enhorabuena por la fantasía Etor- le dijo sinceramente el hortelano- no sabía que tenías tanta imaginación.

-¿Imaginación, fantasía?- contestó el abuelo alzando las cejas desconcertado- ¿Qué fantasía?

Hasta pronto.

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