Mi viaje a Dinamarca

Estábamos recién casados cuando la empresa en la cual mi flamante esposo trabajaba desde hace unos meses, decidió enviarlo a Europa para hacerle conocer los distintos departamentos de su casa matriz situada en Copenhague, Dinamarca. Su viaje tendría una duración aproximada de un mes. Para mí, una ardiente mujer morena de treinta años, la sola idea de estar un mes sin gozar del placer del sexo, representaba un verdadero suplicio. Le rogué que me llevara con él, pero se negó aduciendo que la empresa no aceptaba que sus ejecutivos fueran acompañados en sus viajes de negocio. No insistí e inició su viaje solo. Nos hablábamos a diario por teléfono y nuestras conversaciones él me contaba como las personas de piel morena eran apreciadas allí por las danesas y daneses de piel clara y cabellos rubios. Siendo el un moreno muy atractivo, yo me imaginaba lo bien que lo estaría pasando. Más aún cuando, uno de mi llamados no programado, a su hotel, fue atendido por una voz femenina. Su explicación de que se trataba de una mucama del hotel, no me dejó muy convencida. Otra llamada mía, a una hora en la que suponía que debía estar durmiendo, no fue contestada.

Habían transcurrido tres semanas, cuando le hice saber que viajaría a encontrarme con él y aprovechar la oportunidad de visitar juntos París una vez terminada la visita a su casa matriz. La idea en lugar de agradarle, no le pareció bien. Una buena razón para efectuar el viaje, especialmente luego de enterarme en una conversación con la esposa de otro ejecutivo de que la empresa sí permitía a las esposas acompañar a sus maridos en los viajes de negocio.

Salí desde Santiago en pleno invierno, temprano en la mañana, y para colmo de males, me dieron un asiento en el medio de una fila de tres, con un asiento vacío a cada lado. Cuando le solicité a una azafata si me podía cambiar a uno de ellos, me respondió que estaban tomados por pasajeros que embarcaban en Río de Janeiro donde el vuelo hacía escala. Al llegar a Río, donde el calor era insoportable, decidí ponerme cómoda y cambiar mi vestuario por ropa más ligera y sacarme mis medias. Al reembarcar, tal como había mencionado la azafata los asientos al lado del mío estaban ocupados por dos atractivos hombres de no más de cuarenta años. Gentilmente, ambos se presentaron , uno de ellos viajaba a Estocolmo y el otro a Amsterdam, su ciudad natal.

Luego de una hora de vuelo, un tripulante nos ofreció un aperitivo antes de la cena. Los tres coincidimos en beber champagne, la conversación recayó en el motivo de nuestros viajes, ellos viajaban por negocios, yo les conté que viajaba a reunirme con mi esposo, con quien me había casado hacía un mes y que había estado fuera prácticamente desde nuestro matrimonio. Uno de ellos, de nombre Joao, comentó que era un desperdicio dejar sola tanto tiempo una mujer tan hermosa. Sus palabras me hicieron sonrojar, pero al mismo tiempo llenaron mi ego de orgullo. Agregado a ello, una nueva copa de champagne que nos fue servida me hizo sentir en las nubes.

Un par de copas de vino, servidas durante la cena, ayudaron a relajarme aún más y en un momento conversaba con ambos animadamente como si fuésemos viejos amigos. Una vez terminada la cena, las luces y la cabina quedó en penumbras. Eché atrás el respaldo de mi asiento para aprestarme a dormir. Poco duró la tranquilidad, las luces de los cinturones de seguridad se encendieron y el capitán de la nave anunció que transitaríamos por una zona de turbulencias. Cuando estas comenzaron, instintivamente tomé la mano de Henk, mi otro compañero de viaje. Afortunadamente, las turbulencias, que me causan un temor inexplicable, duraron un corto tiempo. Pasó un largo rato antes de darme cuenta que mantenía tomada la mano de Henk y que, además había tomado también la mano de Joao. Soltando ambas manos, les pedí me excusaran por mi abuso de confianza. Me contestaron que no tenía por qué disculparme, que para ellos había sido agradable sostener mis manos y que no tenía por qué preocuparme, las turbulencias en esa zona eran una cosa normal. Al recostarme nuevamente, mis dos manos fueron tomadas por sus manos, lo que no me incomodó, al contrario las apreté suavemente dando a entender que la situación era de mi agrado.

Me sorprendí, pero no reaccioné, cuando una mano bajo mi manta comenzó a acariciar mi muslo derecho a la altura de mi rodilla, era la mano de Joao. Cientos de pensamientos cruzaron por mi mente, mis noches de soledad, un cierto rencor con mi marido, mi falta de caricias, todos ellos hicieron que permitiera a Joao seguir adelante. Con sumo cuidado el continuo subiendo su mano por el interior de mi muslo. Mi respiración se hizo entrecortada a medida que Joao se acercaba a su meta.

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No me di cuenta que todos estos movimientos habían sido notados por Henk, quien ni corto ni perezoso, se apoderó de mi muslo izquierdo, tampoco reaccioné, por qué negarle a Henk lo que le había permitido a Joao. Sobre todo considerando que sus caricias eran de mi completo agrado, tanto así que sentía como si sexo se humedecía en respuesta a ellas. Para no dejar dudas de mi completa aceptación, procedí a separar mis piernas tanto como me lo permitía mi vestido. Seguramente ambos se sorprendieron cuando sus manos se encontraron tocando mi húmeda tanga. Pero su sorpresa duró poco, coordinadamente ambas manos hicieron bajar dicha prenda hasta mis tobillos, despojándome de ella. Luego volvieron al ataque a mi sexo, se alternaron para tocar mi clítoris y mis labios, introducir sus dedos en mi vagina y al levantar mis caderas en mi ano.

Durante sus toqueteos alcancé un par de deliciosos orgasmos que tuve que disimular apretando mis labios. Cansada, me dormí para despertar a nuestra llegada a Amsterdam.

Tanto Joao, quien iba a Estocolmo, como yo teníamos un conexión en la tarde con un mismo vuelo que hacía también Copenhague. Henk nos invitó a una corta visita de Amsterdam. Conocimos la plaza Dam, el barrio rojo, lleno de sexshops, dimos un paseo en bote por los canales y luego almorzamos una deliciosa comida indonesia. Después de almuerzo, Henk nos sugirió pasar por su departamento para refrescarnos antes de volver al aeropuerto de Schipol, para continuar nuestro viaje.

Su pequeño departamento estaba ubicado en la parte antigua de la ciudad, con una excelente vista a uno de los tantos canales. Le pregunté si podía tomar un baño, contestó que por supuesto, me entregó una toalla de baño y me indicó el lugar. Me bañé y además aproveché de lavar mi ropa interior. Mientras la dejaba secar, salí del baño envuelta solo en la toalla a servirme un té que nos ofreció Henk. Mientras nos servíamos el té, Henk nos dijo que no sería mala idea tomar nuestro vuelo al día siguiente y así aprovechar de gozar de la vida nocturna de la ciudad. Yo contesté que mi marido me esperaba ese día. Joao hizo notar que él no tenía problemas y me sugirió que llamara por teléfono a mi marido y le dijera que había perdido la conexión por atraso del vuelo. Después de lo ocurrido a bordo del avión, yo estaba más que tentada de aceptar la invitación. Joao, el más agresivo de los dos, me dijo que él creía que habíamos dejado algo inconcluso. Yo sentía la misma sensación, más aún pensaba que estaba en deuda con ellos pues yo había recibido mi cuota de placer, reprimido pero aun así, placer y no les había dado nada en cambio.

No tuvieron que insistir mucho para convencerme, Henk llamó a la compañía aérea para cancelar nuestra reserva y solicitarla para el día siguiente. Luego me levanté yo para llamar a mi marido y en mi apresuramiento, tropecé y la toalla que cubría mi cuerpo se enredó en el sillón en el cual estaba sentada, cayendo al suelo y yo me fui de bruces, desnuda, en frente de los dos varones. Henk, quien me tomó de la cintura para que no cayera, me abrazó con fuerza haciéndome sentir su endurecido miembro, entregada no atiné a cubrirme y dejé que Joao me abrazara desde atrás apretando mis senos que lucían sus pezones erectos. Olvidando la llamada a mi marido, me dediqué a despojar de su ropa a Henk, mientras Joao hacía lo propio con su ropa, en segundos ambos estaban desnudos al igual que yo, mostrando sus vergas totalmente erectas. Las tres semanas de abstinencia de sexo y la visión de esos apetecibles cuerpos desnudos, hicieron que me arrodillara y comenzara a engullir desaforadamente los penes de ambos. Luego de un rato, me levantaron y me acostaron en un sillón donde me manosearon entera, besaron mis senos, mi sexo, mi ano, metieron sus dedos en mis dos hoyitos. Después Joao se sentó y me hizo montarlo, mientras yo rotaba mis caderas ensartada por su pene, Henk con uno de sus dedos lubricaba mi casi virgen hoyito posterior. Una sola vez mi marido cuando éramos novios había introducido su pene en mi ano, y como no estaba bien preparada no me causó placer. Pero Henk demostró que sabía cómo hacerlo, mojando su dedo en mis flujos vaginales, hizo con sus caricias que mi ano se dilatara, en seguida introdujo la punta de su verga suavemente en mi hoyito y luego cm a cm me fue ensartando hasta alcanzar una penetración completa, cuando notó que estaba completamente dilatada, comenzó un lento mete y saca, coordinado con el mete y saca de Joao. El pequeño dolor inicial dio paso a un intenso gozo que finalmente me hizo alcanzar un orgasmo entre bramidos y gritos de placer. Los gritos que reprimí en el avión. Los movimientos de mi pelvis durante mi orgasmo, hicieron que ambos llenaran mi cuerpo con su semen caliente lo que prolongó mi goce por varios minutos.

Durante el resto del día y toda la noche, ambos se dieron un festín con mi cuerpo, fui poseída en todas las posiciones imaginables , todas mis soñadas fantasías sexuales fueron llevadas a la realidad. La mañana, nos encontró a los tres, desnudos, sobre el lecho, mi cuerpo un tanto adolorido, pero satisfecho. Agradecida del placer recibido, me dediqué a mamar sus vergas hasta dejarlas erectas. Henk, bromeando, me dijo si lo que quería era el desayuno de jamón con huevos y leche caliente, gustosos me lo servirían. Como dos bebés comenzaron a mamar mis senos, mientras sus dedos jugaban con mis hoyitos, hasta hacerme revolcar de gusto, ansiosa de sexo, me monté sobre Joao para comerme su jamón hasta los huevos, esto fue aprovechado por Henk para apoderarse de mi ya desvirgado ano. No tardé mucho en alcanzar mi enésimo orgasmo entre gritos y gemidos, míos y de ellos, que derramaron su leche caliente en mis dos agujeros. Para terminar, mamé sus penes hasta dejarlos limpios. Luego, tomé una ducha, en la que los dos varones manosearon concienzudamente cada centímetro de mi cuerpo enjabonado. Me vestí y llamé por teléfono a mi marido para avisarle que llegaría esa tarde ya que el día anterior había perdido la conexión. Cuando me preguntó que por qué no le llamé el día anterior, le mentí diciendo que le había llamado y en el hotel me informaron que él no estaba. Debió ser cierto pues no insistió.

Esa tarde me embarqué junto a Joao en el mismo vuelo. Llegada a Copenhague, me despedí de Joao con un jugoso beso y desembarqué para encontrarme con mi esposo.

El primer puñal

Se despertó en medio de la noche, sintiéndose un poco mareado. Su cerebro se puso en marcha y comenzó a recordar qué había pasado mientras identificaba el lugar en el que estaba: la casa de Sara.

Se habían corrido una buena juerga y habían bebido mucho, quizá demasiado. En algún momento de la noche, se habían sentido cansados y él la había acompañado hasta su casa, para terminar desplomándose muerto de fatiga en su cama. Conservaba sus calzoncillos, y olía bastante a alcohol, pero no se percató de ello.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la escasa luz nocturna, se dio la vuelta y se topó con un el cuerpo exhausto de Sara, que respiraba de forma acompasada. Hacía bastante que no dormía cerca de una mujer, la última vez fue hace casi cuatro meses, cuando su novia pasó quince días en su casa. Echaba mucho en falta esa sensación tan agradable de sentir su respiración tranquila a su lado, en armonía con la suya propia, y el tacto de su cintura rozando con su brazo…

Estiró la mano y rozó el cuerpo de ella; para su sorpresa, no llevaba pijama puesto. Eso le recordó de nuevo a su novia. Tanteó suavemente aquella cintura delicada y caliente, y sintió una punzada de excitación. Diciéndose a sí mismo que controlaba, que sólo quería sentir de nuevo la agradable sensación de acariciar un cuerpo femenino, exploró cuidadosamente las curvas de la joven dormida. Esto le provocaba tal sensación de bienestar que cuando ella se despertó, continuó acariciándola pausadamente con sus expertas manos.

Sara, que adoraba provocar y se había percatado en varias ocasiones de las miradas un tanto lujuriosas de su amigo, se dejó hacer sonriendo, aún un poco adormecida debido a los efectos del alcohol. Las suaves manos masculinas recorrían sin prisa su cuerpo ladeado, despertando más calor que cosquillas al rozarse con su vientre. De pronto, ella le pidió un masaje. Encantado, él la colocó boca abajo y se situó sobre ella, sentándose prácticamente en su firme culo. Se notaba que la chica hacía ejercicio, porque tenía un cuerpo escultural.

Comenzó masajeándole los hombros y fue acercándose a la parte posterior de su cuello, apretando los músculos y estirándolos para relajarla. Enseguida notó que su cuerpo perdía tensión. Sabía que los masajes eran uno de los puntos flacos de Sara, y se recreó en la fantástica sensación de estar sentado encima de ella. Empezó a restregarse contra su culo imperceptiblemente, acompañando con la pelvis a sus manos, pero poco a poco fue haciendo más evidente su movimiento, y notó que ella respondía levantando un poco la cadera. Se encontraba medio excitado y aquello terminó de calentarle. Pasó sus manos por la línea que marcaban las vértebras de la espalda de Sara y bajó lentamente, subiendo de nuevo hasta sus omóplatos. Sara notaba el roce de los testículos de su compañero sobre sus nalgas y se estaba excitando sobremanera. Arqueó su cuerpo más y rozó su sexo contra el de su amigo.

Él se bajó de su espalda y cogió a Sara por las caderas atrayéndola hacia sí. Se imaginó que era su novia a la que agarraba y se preparó para penetrarla. Sara gimió suavemente cuando sintió que él paseaba su pene a lo largo de su sexo, y movió un poco las caderas, incitándole a penetrarla. Poco le importaba que él tuviera novia, eso lo hacía aún más excitante y le otorgaba una victoria mayor sobre la chica. Él se decidió; cuando sintió que los labios se abrían para recibirle, empujó suavemente pero sin detenerse, hasta introducir todo su miembro. Por fin esa sensación tan cálida y envolvente, cómo había echado de menos sentirse así. Cerró los ojos e imaginó que estaba dentro de su novia, pero ni las formas ni la estrechez de la vagina eran las mismas; aun así era excitante, sobre todo sabiendo que aunque a ella no le agradara la idea, había terminado consintiendo en que él tuviera la libertad de acostarse con quien quisiera. De todas formas, le excitaba el hecho de imaginarse que estaba haciéndole el amor a su chica en la posición que a ella más le gustaba.

Comenzó a moverse lento, pero enseguida aceleró el ritmo animado por los gritos y gemidos de la chica, que se contoneaba intentando alcanzar su máximo placer. Continuaron en la posición del perrito varios minutos, pero ella se cansó y decidió cambiar. Se dio la vuelta, quedando frente a él, y volvieron a empezar. Él se inclinó y la besó; fue un beso tierno, como solían ser los suyos. Sara introdujo su lengua en la boca masculina y comenzó a moverla, lo que a él le extrañó ya que con su pareja solían aumentar progresivamente la intensidad, pero correspondió a su juego explorando su boca y jugando con su saliva y con la lengua de ella.

Volvió a penetrarla, esta vez de frente, pero en esta ocasión la fuerza de los recuerdos y la diferencia evidente entre su novia y Sara hicieron que comenzara a dudar. Embistió con fuerza, pero notaba cómo su pene perdía dureza, y al mirar a los ojos a Sara descubrió en ellos sorpresa y decepción. Se siontió incapaz de continuar; no era lo mismo. Sacó su miembro de ella y le dijo: “Lo siento, no puedo hacerlo. No es lo mismo que con mi novia y aunque eres muy atractiva y sexy no me excito si no es con ella”.

Sara le dijo que le comprendía, que no pasaba nada, que era normal, pero en su fuero interno se sintió incómoda y frustrada. Hablaron del tema y después cambiaron y charlaron sobre estupideces hasta que él se fue. Pese al contratiempo que habían tenido, Sara se dijo que iba a seguir jugando con él, o dejando que él creyera que jugaba con ella y consiguiendo poco a poco que terminara de nuevo en su cama. Era un juego excitante para ella, y se consideraba experta en conseguir lo que se proponía.

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Restregarme en tu cama

Ando perfecta… No me busques fallos. Hoy, ciertamente, no vas a poder mirarme con malos ojos y decirme que es un riesgo. Te he cogido desprevenido, nada tienes que hacer ante lo que te he preparado. Ningún descuido. Nada…

Me miras de arriba a abajo, asombrado. No estamos hablando de haber cuidado la ropa, que lo he hecho. Jamás volverás a encontrar una blusa con adornos de purpurina, ni un maquillaje de colores fuertes y carmín con tendencia a manchar, o plumas en un adorno en el cuello. Tantas veces que tras subirme a tu coche has tenido que ir, por mi culpa, al tren de lavado a echar mano a la aspiradora.

Malvada de mí… que disfrutaba eso. Y pensaba que debías haberte comprado uno con la tapicería de cuero… que con un pañito se limpia en el garaje de tu casa, antes de recoger a tu señora para llevarla al cine tras haberme follado en el asiento trasero, como un animal.

Al principio me parecía gracioso que lucharas con todas tus fuerzas por no acercarte a mi cuerpo para abrazarme cuando mi ropa era inapropiada. Que me besaras también únicamente tras haber tomado algo, cuando el lápiz de labios tenía menor efecto, y que no me permitieras nunca retocarme en el baño, era también pura anécdota… Luego, con el paso del tiempo, al tener algo que perder yo también en vez de ser simplemente la castigadora de tus deseos sexuales, entendí que por más sugerente que pudiera ser un perfume, lo ideal era que no se quedara el aroma de tu loción de afeitar prendido de la solapa de la blusa.

Atrás quedaron las compras de ropa despreocupada. Ahora busco prendas que no dejen rastro al frotarse unas con otras, prendas discretas, ropa anodina. Atrás quedaron los días en que perdía horas probando perfumes con los que engatusarte, obligando a que me olfatearas en todos los puntos que cubría con la esencia elegida… Y digo bien, todos… Me encantaba que lamieras el tobillo, allí donde lo había masajeado con unas gotas, y siguieras el rastro con la lengua, ascendiendo por el interior de la pierna hasta la ingle preparada para recibirte. Allí, ahora, únicamente encontrarías olor a hembra, no como antaño… aunque reconozco, si he de ser sincera, que creo que ese aroma de mi coño excitado también debe poder causarte más de un quebradero de cabeza cuando me restriego demasiado pronto contra tu cuerpo, sin haberte despojado de tus ropas.

Ando perfecta… imposible que te niegues. Y es que hoy… quiero follarte en tu cama de matrimonio.

Al abrir la puerta de tu casa te has quedado de piedra. Sé que no me esperabas, que nunca me has permitido el acceso a tu santuario. Reconozco que te acabo de hacer una gran putada, pero tal vez otro día ya no tenga la valentía de plantarme en tu rellano y llamar al timbre. Mejor ahora, que me atrevo, a lamentar no haberte provocado nunca hasta ese extremo. Habíamos quedado en media hora en la cafetería de siempre, con la discreción acostumbrada. Dos compañeros de trabajo que salen a media tarde de la oficina a tomar un café. Allí todo es mucho más fácil para ti… y yo lo quiero hoy extremadamente difícil.

Quiero tentarte hasta lo impensable. Te quiero entre mis piernas en tu lecho.

Sé que estás a punto de decir una barbaridad, te lo veo en la cara. Pero te has puesto completamente cachondo ante el reto que te he lanzado. No sé si alguna vez lo habrías considerado siquiera, pero por tu reacción parece que la idea de apartarte de la entrada y permitirme el acceso es mucho más que interesante a tus ojos.

Te quiero así, perdidamente cachondo…

Sabes que llevo tiempo con el mismo color de pelo de tu mujer, para evitar problemas con la posible pérdida de cabellos… Ninguno de los dos pensaba renunciar a los tirones de pelo que me das cuando me cabalgas… y eso puede tener más de una consecuencia imprevista. Tener mis cabellos aferrados entre tus dedos mientras empujas contra mis nalgas a cuatro patas de forma salvaje en la parte de atrás de tu coche tendría un desenlace poco satisfactorio si en tus ropas quedaran prendidos, con las prisas al vestirnos.

Aun así, me acostumbré a llevar cola, para disminuir los riesgos… Y hoy, que quiero que sea todo perfecto, decidí cortármelo justo al tamaño en el que lo lleva tu esposa. Si, mi malvado y cachondo amo. Hoy… no puedes negarlo… Me debes una buena comida de coño por haberme atrevido… y voy a exigirla. Y, por cierto… y para que lo sepas… tampoco llevo ni el hilo fino en el pubis, tras rasurarme. Riesgo cero…

Atrévete, abre la puerta… Deja que el aroma de tu mujer, que también he investigado, quede prendido de otro cuerpo en las sábanas pulcras de tu cama… Soy tu amante… disfrazada de tu puñetera y cornuda esposa…

Eso es. Cede. Y ahora cierra la puerta. Y antes de que se te cruce por la cabeza que estoy loca, que me he chiflado y pretendo suplantar a tu mujer para ponerte aun más cachondo… piensa. ¿Quieres correrte taladrándome los bajos mientras sabes que en cualquier momento puedo llevarte a la perdición en tu familia? ¿Quieres? Porque yo estoy loca por devorarte la boca mientras gimes mi nombre, contra la pared de tu dormitorio… mirando tu cama.

No solo quiero ser infiel. Además, quiero ser perversa y regodearme en ello.

Ven… acompáñame a tu dormitorio, y no digas nada. Imagina simplemente lo morboso que será que te folles a tu amante por toda la casa. Joderme en el baño, tras la ducha, apoyada contra el lavabo, mientras ves tu imagen reflejada en el espejo y observas mi cara de gozo con cada embestida tuya. Mis piernas separadas lo justo para que tu enorme verga se entierre en mis carnes y me hagas estremecer e insultarte si frenas, si no me das lo que deseo…

Follarme en la cocina, sobre la encimera donde tantas veces habréis compartido momentos íntimos, donde te prepara tu plato preferido, donde tal vez también la has asaltado. Empalarme con las piernas entrelazadas a tu espalda, ofrecida al movimiento de tus caderas obscenas, con el pantalón vaquero resbalando por las piernas al tiempo que tus manos me torturan las nalgas.

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Revolcarnos en el parquet del salón, cabalgarte a buen ritmo mientras tus dedos me pellizcan los pezones y mis uñas se clavan en tus pectorales. Sentir que me llegas al fondo con cada movimiento, restregarme contra tu pelvis sin quitarme la falda ni los puñeteros tacones… Sentir el roce contra tu cuerpo y tu verga tiesa clavarse muy dentro, cada vez que desciendo y te aplasto los huevos entre las nalgas y los muslos.

Y comportarme como una verdadera zorra al entrar en tu dormitorio…

Empótrame contra la pared, hazme gemir mientras tu dureza me taladra la entrepierna. Quiero arañarte la espalda y morderte el cuello mientras te imagino como se lo haces modositamente en el colchón a tu señora esposa. Sin un insulto ni una nalgada, sin saliva ni tirones de pelo, sin jadeos ni pérdidas de aliento, sin sudor ni ruido de chocar de cuerpos. Porque a mí, querido cabrón, me follas como no la follas a ella, me usas como no te atreves a usar su cuerpo, te hago gozar como nunca te ha concedido su coño estrechito de solo en la noche de los sábados…

Si, mi maldito macho… quiero hacerlo mirando tu cama… primero. Que ya luego sepultarás mi cuerpo bajo tu peso y me arrancarás orgasmos tirada y sometida en tu lecho, donde nunca te han ofrecido un culo, donde siempre has querido correrte fuera, sobre la piel calentada y roja por las palmas de tus manos tras las nalgadas. Ahí me quiero correr también, masturbándome mientras me miras retorcerme de gusto, en la colcha que compraste con ella aquella tarde de verano de rebajas, cuando lo que querías era ver el puñetero partido de fútbol. Imagina la que habría elegido yo… pensando en que la íbamos a ensuciar una y otra vez con sudor y semen…

Sí, mi maldito hombre, el dueño de mi coño escaldado bajo el roce de la polla que me quita el sueño. Allí, donde nunca has roto unas bragas cuando estás tan desesperado por enterrarte en un cuerpo femenino que con solo apartarlas no basta; donde nunca usaste un consolador para ver gemir a nadie, para ver como un coño travieso se lo tragaba entero, para disfrutarlo luego saliendo mojado, y ofreciéndolo para saborear la propia esencia de la calentura que provocas…

Sí. Átame a ese cabecero que nunca se ha meneado lo suficiente contra la pared del dormitorio molestando a los vecinos, y aferrándome la cabeza haz que me trague tu polla dura como una piedra mientras te miro fijamente, disfrutando de tus gestos de satisfacción cada vez que me la trago hasta el fondo. Oblígame a lamerte los huevos, ofrece tu culo para que lo deguste, y entierra la verga hasta los cojones en mi boca, cortándome el paso del aire. Sé rudo, sé cruel… y sobre todo, sé lascivo. Haz conmigo lo que quieras, que estoy deseando convertirme en tu fantasía viva.

Si visto igual, huelo igual y mi cabello es casi el mismo… Si saldré por la puerta y mi presencia jamás será notada, salvo por las imágenes que retengan tus pupilas de las escenas que quiero teatetralizar contigo… Si aunque solo sea tu amante, tu zorra, tu maldita perra… es mi nombre, mi culo y mis tetas las que recuerdas cuando finges satisfacción mientras solo tu esposa te ofrece su cuerpo con la luz apagada. Si aunque yo duerma fuera de tu cama es mi cintura la que aferras dormido, cuando sueñas y mojas las sábanas de la cama…

Hazle a tu esposa en mi cuerpo lo que sé que deseas hacerle, y no te deja por estrecha. Para eso estoy yo, aquí, calentando el cuerpo que luego descansa en su lado hasta el alba. Yo a su marido me lo tiro en el coche, en la calle o en la sucia pared de un motel de carretera, a la hora que él tenga su puñetera polla tiesa. Y sobre todo con luz, que quiero que el recuerdo de mi cuerpo retorcido bajo el hechizo de tus dedos y tu lengua te acompañe cuando cruzas el umbral de la puerta.

Si ahora no dejo rastro… al menos déjalo tú, sobre las sábanas. Córrete en mi cuerpo, y deja que resbale, que luego ya me encargaré de recoger la leche de tu polla del cobertor de la cama con la humedad de la lengua. De la de mi coño espero que te encargues tú, antes de que me derrame, incluso antes de dejar mi olor de hembra encelada en cualquier rincón de la casa. Lame mi coño… y sécalo, tras cada orgasmo. Que a tu lado siempre está mojado, y a eso dudo que tu esposa esté acostumbrada.

Sí, querido amante. Déjame bien follada mientras la foto de tu reportaje de boda nos mira desde la mesilla de noche.

El sexo, una aventura cotidiana

Tengo cuarenta años. Considero que soy una mujer atractiva y en la playa, cuando me comparo con las muchachas me encuentro casi tan apetecible como ellas. Digo esto, no para cultivar mi ego, sino para ser mejor comprendida en mi problema.

Me casé a los veinte años y me considero afortunada con el marido que he elegido. El sigue siendo tan gentil conmigo como cuando nos casamos y, en cuanto a sexo, creo que fue él quien me lo enseñó todo.

Debido a una delicada operación, quedé imposibilitada para tener niños. En esa circunstancia, mi marido me brindó todo su apoyo y en mis fueros más íntimos no me puedo ocultar la circunstancia de que, con un par de niños mi vida hubiera sido más completa, pero, y por esas cosas del destino me tocó a mi sufrir las consecuencias y, como tal, he adoptado la circunstancia más adecuada a mis necesidades, siempre con calma y filosofía.

A lo largo de muchos años mi marido fue mi único refugio: vivía para él y, a pesar de tener alguna posibilidad de trabajar, me conformé en servirle. Luego, de común acuerdo decidí comenzar a trabajar como guía de turismo de una importante agencia barcelonesa y, hasta el momento, me siento muy feliz en mi tarea. Mi marido nunca fue demasiado fogoso; durante mucho tiempo hicimos el amor sólo una vez por semana y con cierta monotonía.

Más adelante con una atenta lectura que hicimos por sugerencia de una amiga de varios libros de los doctores Masters y Johnson, nuestra óptica sexual varió fundamentalmente, pero no hasta el extremo de iniciar una verdadera revolución en nuestras costumbres, porque no nos pareció interesante practicar nunca el «menage a trois», las prácticas homosexuales o cualquiera de las variantes aperturista que ellos proponen. Sin embargo, y en el aspecto absolutamente privado, la teoría de ellos nos sirvió para ampliar nuestro espectro y huir de la monotonía.

Mi vida transcurrió durante todo ese tiempo sin problemas y la madurez llegaba a mi vida con cierta placidez. Sentía que había vivido bien y no tenía nada de que arrepentirme. Mis esfuerzos por mantener mi pareja no habían sido denodados porque nuestras relaciones eran lo suficientemente cálidas y cordiales como no necesitar angustiosos esfuerzos.

Hasta que una noche de junio, particularmente calurosa, llegué a un hotel romano, comandando una expedición turística que la agencia me había encomendado. Esto no tenía nada de extraordinario, puesto que una vez por semana iniciaba el mismo periplo, y hacía ya seis meses que me movía con mucha destreza en ese oficio. Nunca le había sido infiel a mi marido y, verdaderamente, no tenía ninguna necesidad de hacerlo. A menudo recibía invitaciones de turistas aburridos, pero ya había aprendido a desecharías con la mejor de mis sonrisas.

Durante esos dos días en que permanecía alejada de mí casa, repito, mi vida transcurría en la más absoluta normalidad. Esa noche de junio arribé como de costumbre al hotel; ya había anochecido y el calor romano era insoportable. Al llegar a mi habitación, sólo pensé en desvestirme y en ducharme, puesto que me sentía verdaderamente agotada.

Estaba desnuda bajo la ducha cuando un empleado del hotel, moreno, de no más de veinte años y de hermosos ojos se hizo presente para avisarme que tenía una llamada telefónica y que, por un desperfecto de la centralita del hotel, no me habían podido avisar por el sistema normal.

Me sentí algo sorprendida por esta molestia pero me agradó la complacencia con que el muchacho miraba mis piernas. Aguardó pacientemente mientras yo me rodeaba con una amplia toalla y tomaba la comunicación y, debo admitirlo, yo no hice nada por cubrir demasiado generosamente mi epidermis, pero en ningún momento considero haber perdido el más elemental recato. En cuanto terminé mi baño, me dispuse a reposar y pedí un whisky con coca-cola.

El encargado de traérmelo fue el mismo muchacho que antes me había turbado. Yo estaba desnuda bajo las sábanas y las transparencias permitían entrever, con relativa comodidad, mis formas. El muchacho se azoró notablemente y sufrió una erección que intentó disimular con todos los medios a su alcance. Pero fue en vano. De golpe, yo me sentí aturdida; tuve la impresión de que un largo estremecimiento me recorría y acerqué al muchacho hasta mi lecho y le practiqué la «fellatio in extremis». Mis masajes pronto surtieron efecto y él obtuvo su recompensa.

Luego, debió marcharse de nuevo al trabajo, aunque me prometió que en cuanto terminara su turno volvería a visitarme. A estas alturas de las circunstancias yo me sentía sumida, por una parte, en un éxtasis que, hasta entonces, no había conocido; por otra, mi culpabilidad había crecido a pasos agigantados y no sabía qué hacer; deseaba echarme de nuevo en brazos de mi marido y contarle mi humillante aventura y, a la vez, quería volver a gozar, lo más rápido posible, la piel ardiente de ese turbador muchachito.

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Creo que dormite un rato. No sabía qué hacer. Me disculpé ante el resto de la comitiva, arguyendo una súbita bajada de presión. Serían las once de la noche cuando el muchacho retornó. Fue para mi inolvidable. Hicimos el amor durante largo tiempo y yo me sentía poseída bajo todas las formas.

Hacia el amanecer, mi amante partió y, por la mañana, cuando retomé mi trabajo, aún conservaba la excitación que había generado mi encuentro de la noche anterior. Debo confesar que me sentía en un estado de turbación que nunca antes había experimentado. Cuando regresé al hotel, mi sensación aumentó hasta un grado indescriptible. Pero la ansiedad por el muchacho me seguía dominando. Hacia las ocho me avisó que dos horas más tarde podría visitarme.

Me duché y me pasé todo el tiempo de la espera eligiendo la ropa más sensual; nuevamente, la idea de ser poseída por el efebo me excitaba sobremanera y quería presentarme lo más hermosa posible. Cuando llegó, los preámbulos fueron casi infinitos e hicimos el amor largamente, prodigándonos toda suerte de refinamientos. Casi de madrugada, yo debí partir hacia el aeropuerto para emprender el regreso y recuerdo que en el avión aún me parecía sentir el frescor de su piel en las manos. No sabía, sin embargo, cómo enfrentarme a mi marido. No sabía qué decirle y ante las consecuencias que podía tener mi desliz, decidí, por primera vez en veinte años, mentirle.

Hice como si nada hubiera pasado y aguardé con una ansiedad rayana en la enfermedad el jueves siguiente. Mi amante me aguardaba; evidentemente, él también intuía que ésta, la que estaba viviendo, era una aventura diferente. Convinimos un nuevo encuentro para la noche y, una vez llegado el momento, nos entregamos a todos los juegos del amor.

Sin embargo, cuando ya habíamos finalizado, mi compañero me dijo que tenía un amigo colega de trabajo en el hotel que se sentía fuertemente excitado conmigo y que deseaba poseerme. Yo no cabía en mí de la sorpresa. Antes de que pudiera reaccionar él ya había llamado por el intercomunicador a su amigo y éste se había presentado sin ningún rubor.

Yo pensé en el escándalo que mis gritos podían ocasionar. Pensé en la separación que, seguramente, demandaría mi marido, en mi frustración, en la pérdida de mi trabajo, de mi lugar en mi sociedad. Fue un torbellino del que sólo las caricias del segundo muchacho lograron liberarme. Por primera vez en mi vida fui poseída por dos hombres a la vez.

Desde un punto de vista sexual, creo que nunca creí que el éxtasis total me fuera accesible. Pues bien, aquella noche las caricias de los dos muchachos me enfervorizaron a tal punto que prácticamente, luego, no pude pegar los ojos de la excitación. Los mismos juegos en trío se repitieron a la noche siguiente y cuando pisé nuevamente Barcelona decidí contar todo lo que me había ocurrido, con pelos y señales, a mi marido. En cuanto tuvimos un instante de intimidad comencé mi relato y cualquiera puede imaginar mi sorpresa al ver que. en un comienzo, no me dio crédito:

Me observaba complacido, como si yo estuviera inventándole la historia que él siempre quiso escuchar de mí; luego, comenzó a excitarse mientras yo hilvanaba mi crónica y comenzó a requerir cada detalle; en determinado momento su excitación fue tal que hicimos el amor con una violencia y un deseo inigualables. Desde entonces, nuestra frecuencia sexual ha aumentado considerablemente y, semana a semana, él goza hasta el delirio con el relato de lo que me acontece con mis amantes romanos.

Con respecto a ellos, creo estar en lo cierto cuando afirmo que no estoy ni remotamente enamorada de ninguno de ellos, pero lo cierto es que me excitan y que por alguna razón muy especial me cuesta muchísimo prescindir de nuestros encuentros.

Con mi marido, como ya he dicho, todo marcha sobre rieles. Ahora bien: yo me pregunto hasta cuándo va a durar la farsa, qué va a ocurrir el día que mi marido, se entere de que todo es absolutamente cierto y que no le invento una historia erótica, qué va a suceder el día que por una u otra razón, los muchachos romanos me abandonen.

Me siento madura y realizada como mujer y tengo miedo de perderlo todo pero, con el tiempo, me he convencido de que mi única manera de conseguir la felicidad es continuando mi marcha por el filo de la navaja. No quiero ni pensar en el día en que todo esto termine.

La vecina del sexto

En mí misma casa, dos pisos más arriba, en el sexto, vive una señorita de unos treinta años, aproximadamente. Hasta hace cosa de unos seis meses vivía también su madre, una pobre señora muy mayorcita y, sobre todo, muy enferma, a la que la citada señorita había dedicado su vida por entero, pues apenas si salía de casa para hacer las compras necesarias.

Según le explicó a mi mujer, un tío suyo de Barcelona le regaló, coincidiendo con su cumpleaños, un hermoso tocadiscos que tenía que montar en una de las habitaciones de su casa, pero tropezaba con el inconveniente de que no conocía en el barrio alguna casa especializada en estos menesteres.

Mi mujer, ni corta ni perezosa, conociendo mis aficiones musicales y mí soltura en el montaje y desmontaje de estos aparatos, no dudó un momento en ofrecerle mis desinteresados servicios, a fuer de buenos vecinos, y se comprometió a que el siguiente sábado por la tarde, que yo no tenía trabajo, subiría a su piso para llevar a cabo el trabajo en cuestión.

Cuando subí a su piso y me abrió la puerta, pude contemplarla en su atuendo casero; una blusita blanca de manga corta, bastante transparente, y una falda bastante ajustada, todo lo cual me hizo cambiar inmediatamente de opinión respecto a su presencia física…

Concluida mi obra de arte, me dispuse a realizar las pruebas necesarias con el primer disco que vino a mis manos y que resultó ser el “Requiem” de Verdí. Sonaba maravillosamente y me hubiera estado horas y horas escuchando aquella música, pero advertí que tal género no era el que agradaba a Carmen (así se llama mi vecina), por lo que opté por cambiarlo por otro que ella misma me ofreció. Era un ritmo lento, suave, muy melodioso, que a mi, inmediatamente, me lanzó a marcar unos pasos de baile, ante su mirada un tanto regocijada. La invité a bailar y, aunque en principio se resistió, alegando que nunca lo había hecho o que lo hacia muy mal, al fin accedió.

En el momento que la tomé en mis brazos un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, hasta tal punto que creo que ella misma lo advirtió. Sentir aquella cintura rodeada por mi brazo, su pecho tan cerca del mío, aunque no apretado; su respiración cerca de mi mejilla, me producía una especie de temblor y al mismo tiempo de placer, que en aquel momento deseé que no acabara nunca.

Apenas cruzamos unas palabras. Poco a poco nuestros cuerpos se fueron juntando más y más. Yo sentía que mi pene iba creciendo paulatinamente y buscaba el lugar en donde podía causar efecto. Ella no rehuía el bulto; antes bien, parecía que lo buscaba.

Reclinó su cara en mi hombro y aproveché la oportunidad para estampar un beso en su cuello, un beso que casi fue un mordisco. Noté su estremecimiento entre mis brazos y volvió la cara para ofrecerme una boca entreabierta que estaba pidiendo a gritos que se la comiera. Durante unos instantes nos besamos frenéticamente, nos dimos la lengua y nos separamos un momento para tomar aliento.

Entonces comencé a acariciar sus hombros, su espalda, su cintura, y poco a poco mis manos fueron hacia la botonadura de su blusa, que, lentamente, fui abriendo hasta dejar a la vista unos hermosos pechos resguardados por un sostén de encaje. Terminé de quitarle la blusa, contemplando aquella figura, besando sus hombros, su espalda, sus brazos… Ella estaba excitadísima, y yo, fuera de mí.

El baile había terminado y nos hallábamos sentados en un sofá, en donde continuó nuestra sesión de besuqueo. Me despojé de la camisa, dejando ver mí torso, que ella acarició y besó con delectación. A todo esto, mi mano derecha comenzó a explorar bajo la falda, acariciando primero unos riquísimos muslos para llegar al triángulo de la gloria, con muchas dificultades, debido a la postura que guardaba Carmen entonces.

Entreabrió algo las piernas, lo que me permitió llegar con el dedo corazón a su clítoris, todavía resguardado por la braguita, pero lo suficiente como para que ella advirtiera los efectos. Creí llegado el momento de soltarle la falda y quitársela. Recuerdo de qué manera se restregaba contra mí, buscando mis atributos con su triángulo, hasta llegar al paroxismo. Después de unos segundos, en los que creí que íbamos a llegar al orgasmo, tropezaron mis manos en el broche que cerraba su sostén y lo solté sin encontrar ninguna resistencia.

Sus pechos, firmísimos, eran un reto, y sus pezones, hermosísimos, pedían mi inmediata acción. Los besé, los lamí, los succioné, los trabajé a base de golpes de lengua, mientras ella no cesaba de exclamar: “Madre mía, qué es esto”. Seguí acariciándole con mí lengua poco a poco más bajo, en el estómago, en el vientre…; separé lentamente su braguita; ya estaba rondándole sus ingles… Ella suspiraba, lanzaba quejidos… Acabé quitándole la braguita y hundiendo mí boca en su pubis, delicioso pubis, bien poblado, pero aún cerrado el camino hacia su clítoris. Me incorpore entonces y contemple por unos momentos su cara, sus ojos, que parecían decir: “Ya, ya”, pero me resistía a terminar tan pronto.

Como ella no había hecho nada por mi pene, que estaba en plena erección, la tomé por la mano introduciéndola por encima de la cintura de mi slip. El primer contacto pareció suponer una corriente eléctrica, pues inició un movimiento hacia atrás; pero en seguida entró en acción con ambas manos y, si bien al principio parecía rehuir la mirada, al poco tiempo se manifestó como extasiada contemplándolo. Tanto es así que, sin ninguna coacción, se arrodilló y empezó a cubrir de besos mi “aparato”, desde la punta hasta su base.

Incorporándome sobre Carmen e introduciéndome entre sus piernas ya abiertas a la esperanza, penetré en ella con todo el vigor y, al mismo tiempo, con toda la delicadeza de que fui capaz. Sus manos y sus piernas se tornaron como tentáculos que me aprisionaban contra ella, sin que por ello perdiera el ritmo de la danza que habíamos comenzado y que estaba a punto de acabar, porque aquello no se podía detener. Soy incapaz de describir el momento culminante, al que llegamos al unísono, mordiéndonos como desesperados y quedando después sumidos en un jadeo que nos duró algunos minutos.

Una vez repuestos, continuamos besándonos, pero ya más dulcemente, más reposadamente, hasta que llegara el momento de la despedida. Nos vestimos y cuando me acercaba a la puerta para salir, me rodeó el cuello con sus brazos pidiéndome le prometiera que no fuera aquella la última vez, que la visitara de vez en cuando, pues conmigo había encontrado un aliciente en la vida del que hasta ahora había carecido.

Así lo hice o lo he hecho en dos o tres ocasiones hasta la fecha y puedo asegurar que en todas ellas hemos encontrado ambos la fórmula para gozar intensamente.

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Volver con Mauricio

Que extraño fue volver a ver Mauricio, después de casi dos años de aquella noche loca en la que fuimos un solo cuerpo junto a Carmen, los tres, al finalizar su fiesta de cumpleaños.

De paso por la ciudad, visité mi antigua empresa donde los conocía a los dos, con quienes experimenté mi primera relación sexual en trío, algo que hasta ahora no puedo sacarme de la cabeza.

Aunque, en verdad, al que nunca pude sacar de mi cabeza fue a Mauricio, y no fue desde aquella noche, sino desde mucho antes, cuando mantuvimos durante algún tiempo una relación estable, la cual no duró mucho debido a que él estaba muy enamorado de Carmen.

Pero las cosas cambiaron entre ellos. Así lo pude percibir el fin de semana que los vi en una discoteca a la que solíamos acudir a pasarla bien con los amigos de la empresa. Toda la noche, Mauricio no me despegó la mirada desde su mesa, a la que no me quise acercar ya que percibí cierta actitud hostil de Carmen hacia mí desde el momento en que llegué.

Sin embargo Mauricio si se acercó a mi cuando iba al baño y nos quedamos conversando un rato mientras Carmen nos miraba muerta de rabia.

Mauricio me dijo que yo estaba más linda, y me preguntó si iba a ir a la fiesta de fin de año que organiza la empresa. Le contesté que tal vez, lo cual provocó en él una alegría que no podía disimular, mientras Carmen no nos quitaba la mirada a la distancia. Yo, que no tenía nada que perder, tenía una oportunidad de oro para volver a estar con Mauricio, pues me seguía gustando.

Llegado el día de la fiesta me encargué de mantener ocupado a Mauricio en observar cada detalle de mis movimientos, empezando con el vestido negro escotado que me puse. Carmen no se apartó de él en ningún momento, excepto cuando un amigo la invitó a bailar. El momento fue aprovechado por Mauricio que me invitó también a la pista de baile. El ritmo invitaba a moverse apegados y así lo hicimos durante varias piezas hasta que Carmen se acercó y me preguntó qué era lo que pretendía. ¿Qué te parece que es lo que pretendo?, le respondí e inmediatamente se fue hacia la calle no sin antes gritarme “¡perra!”. Mauricio la siguió para intentar calmarla. Se quedaron discutiendo en la esquina hasta que ella no quiso saber más y se subió a un taxi y se marchó.

Mauricio buscó su auto y fue tras ella. Eso me decepcionó de alguna forma, pues yo esperaba que él la dejara y volviera a la fiesta para seguir conmigo.

Al cabo de una hora cuando ya nos estaban echando del lugar, decidí sumarme a un grupo que iba a continuar el festejo en otro local. De repente apareció Mauricio en su vehículo y me preguntó si podía acompañarme. En ese instante sentí un cosquilleo en el vientre, que en realidad era una lujuria que procedía de más abajo.

A esas alturas ya no nos interesaba acompañar a los demás, pero tampoco queríamos ser tan obvios, así que yo les dije que me iba y que necesitaba que alguien me acercase a mi apartamento. Mauricio por supuesto se brindó. El problema fue que una señora inoportuna también le pidió lo mismo, echando a perder lo planeado.

Mauricio lo resolvió. Me dejó primero en mi apartamento, acercó a la mujer a su casa y después regresó por mí.

Yo me quedé esperando en la puerta del edificio a que retorne, puesto que vivía temporalmente con una amiga y no quería tener problemas con ella. Así que Mauricio me llevó a un motel no muy alejado de la ciudad.

Allí repetimos algunos de los mejores episodios que habíamos vivido cuando estuvimos juntos. Allí me arrancó el vestido negro, luego de abalanzarse contra mis pechos y chuparlos desesperadamente, como si nunca en su vida hubiese sentido el sabor de una teta en su boca. Cada lamida, cada lengüeteo en mis pezones, me encendía más y más.

Nuestros cuerpos se frotaban por encima de nuestras ropas, yo manoseaba esa verga dura que todavía permanecía debajo del pantalón y que parecía una criatura salvaje a punto de romper la jaula dispuesta a tomar a su presa.

Yo me abalanzaba sobre ese bulto hinchado con unas ganas locas de sacar lo que había adentro y comérmelo. Pero Mauricio no me dejaba. Me obligó a acostarme de espaladas en el colchón en forma de corazón y lentamente fue despojándome de mi ropa interior, con su manos, con su labios y con sus dientes.

Antes de quitarme el calzón, que estaba humedecido con mis jugos y su saliva, me dio vuelta y empezó a morderme las nalgas, a besarlas y chuparlas. Lentamente me sacó lo último que me quedaba de ropa y puso su lengua directo en la entrada de mi coño. Como yo estaba agachada en la posición de perrito a la vez alternaba introduciendo su lengua en mi culo. Finalmente abrió mis piernas e introdujo esa verga maravillosa en mi húmeda y ardiente vagina.

Empezó a penetrarme con tal violencia que yo sentía que iba a estallar, pero no quería que el acabe sin antes dejarme probar un poco de él. Entre jadeos y gritos, le dijo que quería chupársela. Así que se detuvo y se bajó de la cama para dirigirse a un sofá ubicado cerca de la puerta.

Desde allí me dijo: aquí te espero. Yo acudí sin demora, a gatas y directo a lo que quería. Así como el hizo conmigo besé, mordí y saboree su verga por encima de la ropa, la llené de saliva y luego lo desvestí completamente.

Subí un rato por sus pechos para luego descender de nuevo y meterme todo ese pedazo de carne en la boca. Además de chuparle las bolas y saborear cada centímetro de su tremendo órgano, también le metí la lengua en el ano. Se notaba que a él también le gustaba, pues se retorcía de placer y colocaba sus piernas en mi espalada para que lo hiciera con más comodidad.

Cuando parecía que lo iba a hacer acabar, se recostó en el suelo tapizado y me invitó a que hagamos un 69. El momento fue muy interesante, pues los espejos de la habitación daban una imagen excitante de nuestros cuerpos desnudos, uno encima del otro.

En ese instante Mauricio me pidió que me ponga mis tacones y me recostara sobre el frigobar, que funcionaba como una cómoda mesa, para que me apoyara. Se notaba que a él le gustaba mirar porque desde allí se podía ver en el espejo principal la figura completa de los dos de pie. Él se paró detrás de mí y me embistió brutalmente mientras yo mantenía una posición de 45 grados apoyada en el pequeño refrigerador.

Me penetró de tal manera por un prolongado tiempo que llegó a provocarme un par de orgasmos, tan intensos que no pude evitar gritar como una perra.

Justo después de que acaba de sentir el segundo orgasmo, Mauricio sacó su verga de mi coño y se paró en el borde la cama apuntándome con su miembro a la cara. Lo sacudió y me pidió que sacara la lengua.

Fue tal el chorro de esperma que salió despedido, que mi lengua no bastó para recibir todo lo que tenía para darme. En segundos, mis mejillas mis párpados y mi frente quedaron inundados de su leche espesa y caliente, la que yo terminé de exprimir hasta la última gota de su verga maravillosa.

Así fue, precisamente, maravillosa, la noche en que volví a sentir a Mauricio dentro de mí. Nada más me importó después.

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