Mi viaje a Dinamarca

Estábamos recién casados cuando la empresa en la cual mi flamante esposo trabajaba desde hace unos meses, decidió enviarlo a Europa para hacerle conocer los distintos departamentos de su casa matriz situada en Copenhague, Dinamarca. Su viaje tendría una duración aproximada de un mes. Para mí, una ardiente mujer morena de treinta años, la sola idea de estar un mes sin gozar del placer del sexo, representaba un verdadero suplicio. Le rogué que me llevara con él, pero se negó aduciendo que la empresa no aceptaba que sus ejecutivos fueran acompañados en sus viajes de negocio. No insistí e inició su viaje solo. Nos hablábamos a diario por teléfono y nuestras conversaciones él me contaba como las personas de piel morena eran apreciadas allí por las danesas y daneses de piel clara y cabellos rubios. Siendo el un moreno muy atractivo, yo me imaginaba lo bien que lo estaría pasando. Más aún cuando, uno de mi llamados no programado, a su hotel, fue atendido por una voz femenina. Su explicación de que se trataba de una mucama del hotel, no me dejó muy convencida. Otra llamada mía, a una hora en la que suponía que debía estar durmiendo, no fue contestada.

Habían transcurrido tres semanas, cuando le hice saber que viajaría a encontrarme con él y aprovechar la oportunidad de visitar juntos París una vez terminada la visita a su casa matriz. La idea en lugar de agradarle, no le pareció bien. Una buena razón para efectuar el viaje, especialmente luego de enterarme en una conversación con la esposa de otro ejecutivo de que la empresa sí permitía a las esposas acompañar a sus maridos en los viajes de negocio.

Salí desde Santiago en pleno invierno, temprano en la mañana, y para colmo de males, me dieron un asiento en el medio de una fila de tres, con un asiento vacío a cada lado. Cuando le solicité a una azafata si me podía cambiar a uno de ellos, me respondió que estaban tomados por pasajeros que embarcaban en Río de Janeiro donde el vuelo hacía escala. Al llegar a Río, donde el calor era insoportable, decidí ponerme cómoda y cambiar mi vestuario por ropa más ligera y sacarme mis medias. Al reembarcar, tal como había mencionado la azafata los asientos al lado del mío estaban ocupados por dos atractivos hombres de no más de cuarenta años. Gentilmente, ambos se presentaron , uno de ellos viajaba a Estocolmo y el otro a Amsterdam, su ciudad natal.

Luego de una hora de vuelo, un tripulante nos ofreció un aperitivo antes de la cena. Los tres coincidimos en beber champagne, la conversación recayó en el motivo de nuestros viajes, ellos viajaban por negocios, yo les conté que viajaba a reunirme con mi esposo, con quien me había casado hacía un mes y que había estado fuera prácticamente desde nuestro matrimonio. Uno de ellos, de nombre Joao, comentó que era un desperdicio dejar sola tanto tiempo una mujer tan hermosa. Sus palabras me hicieron sonrojar, pero al mismo tiempo llenaron mi ego de orgullo. Agregado a ello, una nueva copa de champagne que nos fue servida me hizo sentir en las nubes.

Un par de copas de vino, servidas durante la cena, ayudaron a relajarme aún más y en un momento conversaba con ambos animadamente como si fuésemos viejos amigos. Una vez terminada la cena, las luces y la cabina quedó en penumbras. Eché atrás el respaldo de mi asiento para aprestarme a dormir. Poco duró la tranquilidad, las luces de los cinturones de seguridad se encendieron y el capitán de la nave anunció que transitaríamos por una zona de turbulencias. Cuando estas comenzaron, instintivamente tomé la mano de Henk, mi otro compañero de viaje. Afortunadamente, las turbulencias, que me causan un temor inexplicable, duraron un corto tiempo. Pasó un largo rato antes de darme cuenta que mantenía tomada la mano de Henk y que, además había tomado también la mano de Joao. Soltando ambas manos, les pedí me excusaran por mi abuso de confianza. Me contestaron que no tenía por qué disculparme, que para ellos había sido agradable sostener mis manos y que no tenía por qué preocuparme, las turbulencias en esa zona eran una cosa normal. Al recostarme nuevamente, mis dos manos fueron tomadas por sus manos, lo que no me incomodó, al contrario las apreté suavemente dando a entender que la situación era de mi agrado.

Me sorprendí, pero no reaccioné, cuando una mano bajo mi manta comenzó a acariciar mi muslo derecho a la altura de mi rodilla, era la mano de Joao. Cientos de pensamientos cruzaron por mi mente, mis noches de soledad, un cierto rencor con mi marido, mi falta de caricias, todos ellos hicieron que permitiera a Joao seguir adelante. Con sumo cuidado el continuo subiendo su mano por el interior de mi muslo. Mi respiración se hizo entrecortada a medida que Joao se acercaba a su meta.

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No me di cuenta que todos estos movimientos habían sido notados por Henk, quien ni corto ni perezoso, se apoderó de mi muslo izquierdo, tampoco reaccioné, por qué negarle a Henk lo que le había permitido a Joao. Sobre todo considerando que sus caricias eran de mi completo agrado, tanto así que sentía como si sexo se humedecía en respuesta a ellas. Para no dejar dudas de mi completa aceptación, procedí a separar mis piernas tanto como me lo permitía mi vestido. Seguramente ambos se sorprendieron cuando sus manos se encontraron tocando mi húmeda tanga. Pero su sorpresa duró poco, coordinadamente ambas manos hicieron bajar dicha prenda hasta mis tobillos, despojándome de ella. Luego volvieron al ataque a mi sexo, se alternaron para tocar mi clítoris y mis labios, introducir sus dedos en mi vagina y al levantar mis caderas en mi ano.

Durante sus toqueteos alcancé un par de deliciosos orgasmos que tuve que disimular apretando mis labios. Cansada, me dormí para despertar a nuestra llegada a Amsterdam.

Tanto Joao, quien iba a Estocolmo, como yo teníamos un conexión en la tarde con un mismo vuelo que hacía también Copenhague. Henk nos invitó a una corta visita de Amsterdam. Conocimos la plaza Dam, el barrio rojo, lleno de sexshops, dimos un paseo en bote por los canales y luego almorzamos una deliciosa comida indonesia. Después de almuerzo, Henk nos sugirió pasar por su departamento para refrescarnos antes de volver al aeropuerto de Schipol, para continuar nuestro viaje.

Su pequeño departamento estaba ubicado en la parte antigua de la ciudad, con una excelente vista a uno de los tantos canales. Le pregunté si podía tomar un baño, contestó que por supuesto, me entregó una toalla de baño y me indicó el lugar. Me bañé y además aproveché de lavar mi ropa interior. Mientras la dejaba secar, salí del baño envuelta solo en la toalla a servirme un té que nos ofreció Henk. Mientras nos servíamos el té, Henk nos dijo que no sería mala idea tomar nuestro vuelo al día siguiente y así aprovechar de gozar de la vida nocturna de la ciudad. Yo contesté que mi marido me esperaba ese día. Joao hizo notar que él no tenía problemas y me sugirió que llamara por teléfono a mi marido y le dijera que había perdido la conexión por atraso del vuelo. Después de lo ocurrido a bordo del avión, yo estaba más que tentada de aceptar la invitación. Joao, el más agresivo de los dos, me dijo que él creía que habíamos dejado algo inconcluso. Yo sentía la misma sensación, más aún pensaba que estaba en deuda con ellos pues yo había recibido mi cuota de placer, reprimido pero aun así, placer y no les había dado nada en cambio.

No tuvieron que insistir mucho para convencerme, Henk llamó a la compañía aérea para cancelar nuestra reserva y solicitarla para el día siguiente. Luego me levanté yo para llamar a mi marido y en mi apresuramiento, tropecé y la toalla que cubría mi cuerpo se enredó en el sillón en el cual estaba sentada, cayendo al suelo y yo me fui de bruces, desnuda, en frente de los dos varones. Henk, quien me tomó de la cintura para que no cayera, me abrazó con fuerza haciéndome sentir su endurecido miembro, entregada no atiné a cubrirme y dejé que Joao me abrazara desde atrás apretando mis senos que lucían sus pezones erectos. Olvidando la llamada a mi marido, me dediqué a despojar de su ropa a Henk, mientras Joao hacía lo propio con su ropa, en segundos ambos estaban desnudos al igual que yo, mostrando sus vergas totalmente erectas. Las tres semanas de abstinencia de sexo y la visión de esos apetecibles cuerpos desnudos, hicieron que me arrodillara y comenzara a engullir desaforadamente los penes de ambos. Luego de un rato, me levantaron y me acostaron en un sillón donde me manosearon entera, besaron mis senos, mi sexo, mi ano, metieron sus dedos en mis dos hoyitos. Después Joao se sentó y me hizo montarlo, mientras yo rotaba mis caderas ensartada por su pene, Henk con uno de sus dedos lubricaba mi casi virgen hoyito posterior. Una sola vez mi marido cuando éramos novios había introducido su pene en mi ano, y como no estaba bien preparada no me causó placer. Pero Henk demostró que sabía cómo hacerlo, mojando su dedo en mis flujos vaginales, hizo con sus caricias que mi ano se dilatara, en seguida introdujo la punta de su verga suavemente en mi hoyito y luego cm a cm me fue ensartando hasta alcanzar una penetración completa, cuando notó que estaba completamente dilatada, comenzó un lento mete y saca, coordinado con el mete y saca de Joao. El pequeño dolor inicial dio paso a un intenso gozo que finalmente me hizo alcanzar un orgasmo entre bramidos y gritos de placer. Los gritos que reprimí en el avión. Los movimientos de mi pelvis durante mi orgasmo, hicieron que ambos llenaran mi cuerpo con su semen caliente lo que prolongó mi goce por varios minutos.

Durante el resto del día y toda la noche, ambos se dieron un festín con mi cuerpo, fui poseída en todas las posiciones imaginables , todas mis soñadas fantasías sexuales fueron llevadas a la realidad. La mañana, nos encontró a los tres, desnudos, sobre el lecho, mi cuerpo un tanto adolorido, pero satisfecho. Agradecida del placer recibido, me dediqué a mamar sus vergas hasta dejarlas erectas. Henk, bromeando, me dijo si lo que quería era el desayuno de jamón con huevos y leche caliente, gustosos me lo servirían. Como dos bebés comenzaron a mamar mis senos, mientras sus dedos jugaban con mis hoyitos, hasta hacerme revolcar de gusto, ansiosa de sexo, me monté sobre Joao para comerme su jamón hasta los huevos, esto fue aprovechado por Henk para apoderarse de mi ya desvirgado ano. No tardé mucho en alcanzar mi enésimo orgasmo entre gritos y gemidos, míos y de ellos, que derramaron su leche caliente en mis dos agujeros. Para terminar, mamé sus penes hasta dejarlos limpios. Luego, tomé una ducha, en la que los dos varones manosearon concienzudamente cada centímetro de mi cuerpo enjabonado. Me vestí y llamé por teléfono a mi marido para avisarle que llegaría esa tarde ya que el día anterior había perdido la conexión. Cuando me preguntó que por qué no le llamé el día anterior, le mentí diciendo que le había llamado y en el hotel me informaron que él no estaba. Debió ser cierto pues no insistió.

Esa tarde me embarqué junto a Joao en el mismo vuelo. Llegada a Copenhague, me despedí de Joao con un jugoso beso y desembarqué para encontrarme con mi esposo.

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