El boleto

– ¡Dios! ¿Y qué voy a hacer con todo este dinero?

Iba caminando por la acera, con el boleto de lotería en la mano, sin darme cuenta de que la gente tenía que ir apartándose de mi camino. No prestaba atención a la gente que tenía delante, ni a la que dejaba detrás y que se volvía para mirar cómo ni me disculpaba por provocar más de un accidente.

¿Qué se hacía con tantos millones?

La sonrisa dibujada en mi cara no pasaba desapercibida cuando la gente casi chocaba conmigo, pero si pisé a alguien, si dejé atrás a algún herido, o si los coches frenaron estrepitosamente cuando crucé los pasos de peatones sin un rumbo concreto no puedo asegurarlo. Acababa de salir del despacho de loterías y no me había planteado volver a casa.

¿Y dónde había ido a parar?

Levanté la vista, con la misma cara de éxtasis que debía tener tras un buen polvo –o probablemente tras veinte orgasmos seguidos-, y me encontré con la playa de frente. Avenida hacia izquierda y derecha, y el infinito mar azul delante de mis narices.

– Me puedo comprar un velero…

La mente se me llenó de imágenes de bañadores blancos y pamelas enormes, con copas de cava sobre una cubierta de madera de teka. No había terminado de dibujar el barco cuando de pronto preferí un yate enorme, con un capitán fornido vestido de uniforme que sólo tuviera ojos para mí, y que estuviera deseando acudir a mi camarote por las noches para planear el siguiente rumbo, mientras metía la cabeza entre mis piernas y me hacía gemir mientras yo elegía, sin la cabeza demasiado centrada, si deseaba una escala en Italia o en Grecia.

– Me puedo comprar un apartamento en cada ciudad costera que visite…

Al girarme encontré la hilera de casas que se impregnaban del salitre de la estampa. Viviendas rectas, con enormes terrazas acristaladas, toldos blancos y hamacas de madera y ratán. Imaginé una cama con vistas al océano, decorada de blanco y azul, con cuadros en las paredes que yo misma habría pintado en mis ratos de ocio. Imaginé una colcha calada, como si de una red de pesca se tratase, con mi cuerpo desparramado sobre ella, y la piel de mi amante perfilada a mi lado, terminando de estremecerse bajo los estertores del orgasmo.

Una cama en cada puerto… y un amante distinto para rellenarla cada vez que abriera la puerta.

Sin darme cuenta bajé los tres escalones que me separaban de la arena y enterré los tacones en ella. Mientras avanzaba pensé que no me hacía falta tener una casa en cada sitio que visitara, sino una estupenda mia khalifa en habitación de hotel siempre dispuesta a recibirme. Los números del boleto rondaban mi cabeza, y me vi en las lujosas recepciones, frente a un elegante y apuesto recepcionista, solicitando las suites que terminaran en los números que me habían hecho ser tremendamente rica.

O exigiendo que le cambiaran los números a la suite que yo quería, con vistas al mar… ¿Cuánto podía costar cambiarle el cartel a las habitaciones? No importaba… podría pagar esos ridículos numeritos que adornaban las puertas de las habitaciones. ¡O tener siempre de repuesto cuando viajara, guardados en la maleta! Me imaginé sujetando al recepcionista de la corbata, y al de mantenimiento, de paso, de los tirantes del pantalón, para llevarlos delante de la puerta e indicando que pusieran los números nuevos, y que los esperaba dentro llenando el jacuzzi de espuma.

– ¿En qué se gastan los ricos tanto dinero?

Fiestas nocturnas. Eventos benéficos. Vueltas al mundo sin rumbo establecido. Interminables puestas de sol leyendo algún libro acostada cerca del borde de la piscina donde me encontrara el atardecer aquel día…

Hombres que se desvivirían por acompañarme en el crepúsculo, marcando pectorales bronceados. Hombres que se darían codazos para hacerse un hueco a mi lado cuando llamara al ascensor, deseando ser el elegido que llevara directo a mi cuarto de baño para que mimara mi piel con el jabón antes de dejar que la lamiera entera como la foto de kendra sunderland .

Hombres que se dejarían comprar con todo aquel dinero.

Me dejé caer en la arena de la playa, con el boleto aún entre los dedos. El grueso y tosco papel se agitó por la brisa marina, y seguí sonriendo mientras repasaba los números que resaltaban en negro.

– ¿En qué me voy a gastar tanto dinero como kiara mia?

Ya sólo faltaba esperar al sorteo para ver fotos porno

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Olores en piel ajena

 

¿Tu piel aún no lo entiende?

Has hecho cincuenta y cuatro veces la maleta… y te la he deshecho cincuenta y cuatro. ¿No te dice eso algo… a estas alturas?

No, tu piel no lo entiende.

Me gusta deshacer tus maletas…

Sé que tratas de borrarme todas las noches, cuando no regreso a casa de madrugada, mientras lloras y mojas las sábanas. Sé que desarmas los cajones, que tiras por las ventanas mis papeles, que te metes en la ducha y tratas de sacarte mi olor en ella.

Sé que te hago daño…

También sabes que me importas.

No me dejas porque cada pieza de ropa que metes en esa horrible y estúpida maleta tiene grabada la imagen de cuando te desnudé y las hice caer al suelo, rodando por tu piel para exponerla a mis ojos lascivos. No la cierras y la coges por el asa porque no consigues llevarte los momentos que nuestras sombras fueron dejando marcados en las paredes de mi casa, mientras apartaba tus cabellos de tu cuello para morderte en ese ángulo del hombro que te hacía perder la cabeza.

Que te hace perder la razón…

No abres la puerta porque tienes demasiados recuerdos de tu cuerpo sobre esa madera maldita y gastada, sobre la que mil veces he apoyado tus nalgas desnudas, metiendo mis caderas entre las tuyas para apartar las lágrimas de angustia de tus mejillas, bebiéndomelas todas…

Mil veces has tratado de huir de mí cuando llegaba a una hora que no era, de ninguna de las maneras, apropiada…

Pero eso no es lo que más te destroza el alma, ¿verdad?

Por la mañana, tras dejar que mi lengua te recorriera entera, te hiciera gemir y estremecer, y arrancara tus penas de los ojos enrojecidos y rabiosos por la impotencia, me llevabas a la ducha. Allí me desnudabas siempre, cerrando los párpados para no mirarme y ver las marcas, pero sabiendo que estaban allí como si las estuvieras recorriendo con la yema de los dedos… Lo que no podías hacer era dejar de oler los otros perfumes que venían prendados de ella y para los que no encontrabas escapatorias… ni yo excusas.

Entrabas conmigo en la ducha, abrías el grifo sin mirarme, y poniéndome de espaldas hacías correr el agua desde mis hombros a mis nalgas… llevándose las gotas sus olores.

Llevándoselas a ellas. A todas. A la de siempre…

Dejabas que el agua cayera, purificadora, mientras por tus mejillas volvían a correr tus lágrimas, queriendo que fueran capaces de llevarse las tristes verdades por el desagüe…

Frotabas con la esponja con el olor que compraste para mí… que disimulaba el olor que dejaban las otras, observando la espuma resbalar desde los hombros a las nalgas, haciendo el giro en la curva de mi cadera, donde tantas veces te enganchabas para dejarte amar como si fueras la única…

El recuerdo de ellas se iba sumidero abajo, al igual que tus lágrimas.

Yo deshacía, entonces, tu maleta…

Cajones abiertos, papeles revueltos, sábanas rasgadas, cristales rotos por cualquier parte. Levantaba la cabeza, te miraba y extendía la mano… y tú acudías a tomarla y a llevarla a tu mejilla, para apoyar la cabeza y buscar la seguridad que se había llevado las horas oscuras de la noche a solas. Cerrabas los ojos, llorabas en silencio… y besabas mi palma abierta, saboreando el salado de tus lágrimas y las caricias que te había negado de ellas, regalándoselas a otras.

Adorabas mis manos.

Cincuenta y cuatro veces deshice tu maleta… y allí estaba la número cincuenta y cinco. Llena, abierta, con las prendas colocadas de cualquier manera. Me la pusiste al lado de la cama, en el suelo, donde solían reposar las ropas cuando te las arrancaba del cuerpo con ansia y hambre, delante de la puerta que nunca cerrábamos porque generábamos demasiado calor en el interior como para que nos valiera sólo abrir las puñeteras ventanas…

La calle despertaba fuera… y tú no estabas dormida en la cama.

No me engañas… no te has ido sin la maleta-, susurré, recorriendo con la vista la alcoba revuelta, como siempre la dejabas tras el berrinche de mi ausencia.

Todos los muebles tenían encima velas encendidas, y varias varitas de incienso se consumían en retorcidas volutas de humo, llenándolo todo de cenizas. Llamas que bailaban al son que marcaba la brisa de la mañana que entraba por la ventana abierta. Fuera, sirenas con ínfulas de urgencia impregnaban el asfalto, y los trinos de los pájaros me regalaron sus mentiras alegres, enredando las notas en las ramas de los árboles que no miraba.

La habitación olía a todo… menos a nosotros.

En el baño corría el agua. Las sombras generadas por el baile de las llamas me condujeron por un suelo de madera mojado, donde las huellas de tus pies pasaron a pisar la cerámica blanca y negra de la greca que siempre te había enamorado, y sobre la que tantas veces cubrí tu cuerpo con el mío, al lado de la bañera, aferrando tus cabellos para que me ofrecieras tu cuello para lamerlo.

El grifo de la ducha estaba abierto… dejando correr el agua.

Pero tú estabas en la bañera.

También en el lavabo había velas, y sobre el mueble de las toallas, y en las esquinas… Por todas partes titilaban las llamas. Imagino que también había incienso aunque no me puse a buscarlo. El olor era tan cargante que no entendí que pudieras respirar allí, a pesar de que estuviera también la ventana del baño abierta. Tus curvas se escapaban, rompiendo la continuidad de la superficie del agua, extrañamente blanca. Los cabellos revueltos se arremolinaban en torno a tu rostro, con los ojos cerrados y los labios deliciosamente abiertos.

Pero tu piel era otra…

Roja, arañada, raspada…

Las nalgas, los muslos, el abdomen y la espalda. Los pechos, los brazos, y ese ángulo del hombro que tantos gemidos me había regalado. Incluso las mejillas estaban sonrosadas.

Había rastros de sangre en la esponja con la que tantas veces lavaste mi espalda…

Habías frotado con ella tu cuerpo durante horas, a la luz de las velas…

Si no consigo que huelas a mí tal vez me sirva no oler yo a ti…

Tus palabras sonaron tan amargas…

Me apoyé en el borde de la bañera exenta, esa con patas torneadas que elegimos juntos en un arrebato en un viaje a Venecia, y que sabíamos que ninguno de los dos podía permitirse de lo cara que era. Simplemente nos vimos dentro, rodeados de blanco, gozando de los placeres de la carne del otro, mientras el agua rebosaba con cada uno de los movimientos de nuestras caderas…

De tus caderas cabalgando las mías, con tus pechos erizados rogando caricias que dejaban marca.

Nos vimos llenándola de espuma hasta dejar perdido el cuarto de baño. Tuve que reformar toda la estancia para que cupiera la puñetera bañera, y reforzar el suelo por si era tan pesada que la vieja estructura de nuestro nido -perdido en un ático desde el que la ciudad despertaba antes porque a nuestra ventana siempre acudía antes el sol de la mañana- se venía abajo y caía dejando un simpático agujero desde el que espiar a los vecinos en su cuarto de baño…

Reformé sin dinero porque era nuestra bañera.

Porque en ella iba a arrancarte los mayores gemidos, y tú ibas a llevarte mil veces en ella la polla a la boca.

No sé si ya habíamos cumplido ese objetivo y teníamos que renovar los votos. No soy hombre de llevar muchas cuentas…

Mis orgasmos siempre los recuerdas tú… al igual que yo me regocijo en todos los que le arranco a tu entrepierna. ¿Quién puede enumerarlos?

El agua no olía a nosotros. Era un aroma nuevo, malicioso e insultante, como lo era ahora la imagen de la maleta abierta a los pies de la cama, sobre un millón de papeles rotos, partituras y cartas que nos enviábamos para volver a conquistarnos el uno al otro… tras nuestras eternas peleas.

Tu piel no olía a mí… pero eso tenía arreglo.

Me diste la espalda, mostrando las nalgas perfectas saliendo de la superficie blanca del agua. La curva de tu cintura se arqueó, alejando tu piel y sumergiéndola para buscar refugio en el nuevo aroma que habías elegido para olvidarme…

Para sustituirme.

Llevé un dedo a tu cuello y lo hice resbalar por la espalda, marcada de rojo, donde habías despedazado la piel para arrancarme de ella con la maldita esponja. La tomé en la mano, la escurrí y la arrojé contra el rincón, derribando las velas que emponzoñaban nuestro baño con ese olor que no reconocía. Rodaron, derramaron esperma, se apagaron al poco…

No era tan difícil devolver nuestro olor a nuestro baño… a nuestras pieles.

No vas a dejarme… no puedes.

Sumergiste la cabeza, haciendo que tus cabellos dibujaran bucles caprichosos alrededor. Me dieron ganas de aferrarlos en una cola y arrastrar tus labios a los míos, para que volvieran a saber a mí…

Pero en ese momento olían a otra, y seguro que también iban manchados de carmín…

Sacaste la cabeza las aguas blancas, del olor que me era esquivo, y giraste el cuerpo para que admirara tus pechos tersos coronados de las deliciosas areolas que siempre me ofrecías en la boca cuando me cabalgabas, empalada hasta el alma.

Quise lamerlas…

No quiero recordarte… No quiero oler a ti.

Quise decirte que aceptaba la apuesta. Por más que frotaras tu piel para sacarme de ella siempre encontraría la forma de volver a ella, porque a pesar de todo me querías, y porque a pesar de todo… no sabía vivir sin ella.

Sin ti…

“Y con todas si duermes a mi lado…”- habría susurrado Sabina, mientras me dejaba abrazar desde la espalda, con tu pierna en mi cadera, tras follarte con la rabia del que sabe que no soy feliz en otro lado, mientras la humedad de tu sexo se secaba y mi semen manchaba las sábanas que hacían poco por cubrirnos la piel…

Cuando duermo sin ti… contigo sueño-. Las palabras que conocías, pero que tanto te dolían. No había necesidad de repetirlas. No iban a servir de nada, y me las tragué, junto con ese nuevo aroma…

Quité el tapón de la bañera, cogí el grifo de la ducha y apagué con el agua todas las velas del baño, dejando perdido el suelo. Pateé las botellas que contenían la nueva esencia y tomé de la repisa el gel que tantas veces habías usado para arrancar los restos de las otras.

Cuando regresé a la bañera el desagüe se llevaba los últimos restos de agua blanca, y por tus mejillas habían vuelto a correr las lágrimas.

Di la vuelta a la botella e hice que el gel llegara a tu piel, desde la cadera al muslo, manchándola como me gustaba hacer con mi esencia blanca en el momento de mi orgasmo. Luego los pechos, el abdomen y la espalda. Gasté el puñetero bote y lo mantuve apretado con rabia minutos después de que ya no cayera absolutamente nada de él.

Oliéndote…

Y tú llorando.

Me despojé de las ropas y envolví tu cuerpo con el mío, dejando que volvieras a romper en llanto contra mi pecho, conteniendo las convulsiones de tu rabia con mis brazos.

Oliendo a mí…

Oliendo yo a lo que a ti te gustaba que oliera…

Tenía que volver a deshacer otra maldita maleta. Y tal vez quemarla con las velas que permanecían encendidas en la alcoba, en la que ya reinaba la mañana… y que olía a otras personas…
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El Fantasma de la Ópera

Vale. Sé que es una locura, pero no me puedo resistir. No sé si es producto de la cantidad de azúcar que he ingerido mientras vigilaba al grupo de niños que acompaño esta noche, a los tres chupitos de tequila que me bebí para darme valor y salir con estas pintas a la calle, o si simplemente esa media máscara de “El fantasma de la Ópera” me ha dejado fuera de combate.

¡O la capa!

Camisa impecablemente blanca, pantalón tan negro y ajustado que no pude apartar los ojos de la obscena entrepierna que se abultaba bajo la tela, y una enorme capa oscura en plan vampiro de película antigua -no como esos de ahora, que brillan a la luz del día en vez de convertirse en polvo con los primeros rayos de sol- cerraban el atuendo.

Un ojo oscuro mirándome…

Y una caja de madera antigua, con letras en inglés pintadas a espray que creo que quieren decir “elementos de atrezo”, llena de chucherías para encandilar a los más pequeños.

El inglés nunca ha sido mi fuerte, y podría decir cualquier cosa.

“Restos de las mujeres a las que he seducido”

En fin…

El grupo que custodiamos otras cuatro mujeres y yo está compuesto por doce niños del vecindario, todos monstruosamente disfrazados y cargados hasta las trancas de azúcar. Maldita la hora en la que me dio por apuntarme a esa lista en la que solicitaban ayuda para vigilar que no se extraviara ningún enano entre casa y casa, con tanto vampirito y brujilla cruzando las calles desiertas de coches.

Este día la vecindad tenía por costumbre reducir a cero el transito de vehículos para que ningún niño ni padre pudiera resultar atropellado.

 Será divertido -me dijo mi vecina, que tenía tres niños pequeños y que al parecer no se perdía una fiesta de aquellas desde que a alguien le dio por ponerla de moda hace unos años-. Los pequeños se portan genial y te lo pasas muy bien saludando a los vecinos.

Y como no tengo hijos ni marido pero sí un perro que se pone a ladrar detrás de la puerta cada vez que uno de esos grupos de zombis disfrazados toca al timbre, me pareció que podía ser buena idea y estar del lado del que pide en vez de del lado en el que se dan chucherías. Todo sea por variar un poco.

“Rufus, esta noche te quedas solo ante el peligro. Vigila el fuerte para que no nos asalten la casa los vampiros. Y no ladres demasiado”.

Encresparme el pelo, pintarme los labios de negro y ponerme un vestido de esos que sólo te pones para celebrar la llegada del Año Nuevo en una fiesta muy pija y que no te volverás a enfundar porque todos tus amigos ya te lo vieron. Sí, de esos vestidos que guardas no sabes bien por qué pero que ni muerta vuelves a ponerte. ¡Jamás lucirás dos veces el mismo vestido en Fin de Año! Era uno de los mandamientos de las mujeres, y yo me lo tomaba muy en serio. Otro decía que no hay que ir de blanco a las bodas, ni de negro, y preferiblemente tampoco de rojo. Pero ese mandamiento era más complicado de cumplir cuando el rojo sentaba tan divinamente a todo el mundo.

Aquella noche, tras mirarme al espejo y comprobar que estaba terroríficamente divina, y tras tomarme tres copas para no echarme atrás y ponerme el pijama para repartir chocolatinas mientras bizqueaba para darle a mi atuendo algo apropiado para la noche de Halloween, abrí la puerta y me reuní con el grupo de madres que llevaría a los engendros de casa en casa.

Había metido en un bolso un par de huevos y unos rollos de papel higiénico, por si las moscas.

Era lo que se llevaba, ¿no?

Y allí estábamos, delante de la casa que había permanecido cerrada durante cinco años después de que los Hernández se separaran y decidieran ponerla a la venta. Y allí abrió la puerta él, para nuestra sorpresa, ya que no sabíamos que la casa volviera a estar habitada.

Al menos yo no lo sabía…

El Fantasma de la Ópera nos miró como si fuéramos el primer grupo de niños que pasaba por allí aquella noche. Muy teatral, muy apropiado…

Estaba muy bueno nuestro nuevo vecino…

 ¿Es azúcar lo que habéis venido a buscar? -preguntó, con voz grave y musical, como si estuviera sobre el escenario de algún teatro y tratara de hacerse escuchar sin micrófono hasta en la última fila de asientos del gallinero.

Y nuestros monstruitos asintieron con la cabeza y se abalanzaron, escaleras arriba, hasta la puerta donde les esperaba el dueño de la casa con una enorme caja llena hasta arriba de golosinas.

La caja donde podía guardar cualquier cosa…

Pensé que no me vendría nada mal dejar que aquel fantasma me diera de comer alguna de las chucherías con esos dedos largos y enguantados en hilo blanco. No conseguía dejar de mirar esas manos, ágiles y fuertes, mientras llenaba las bolsas de nuestros niños.

“Si hay chocolate en esa caja, allá que voy…”

 Deja de babear, que parece que te ha dado un ictus.

Mi amiga, la madre de los tres pequeños demonios que ahora se peleaban por los caramelos de colores, me dio un codazo para sacarme del estado de hipnotismo en el que me había sumido mirando las manos del fantasma con capa. Le devolví el favor lanzándole una mirada asesina, echando en falta esos poderes de bruja con los que poder transformarla en un gordo y feo sapo.

 ¡A que te echo una maldición! -exclamé, esgrimiendo con gracia mi varita mágica.

 Si salieras más de casa te habrías enterado de que se mudó hace quince días, y que sale a correr todas las noches a las once con unos pantalones tan ajustados que no hace falta imaginárselo desnudo. Con cambiarle el color en la mente ya le estás viendo el trasero.

Habría que cambiar el horario de sacar a pasear a mi perro por las noches…

 Si tú trabajaras en un horario tan largo como el mío no tendrías tiempo de espiar a los vecinos a través de la mirilla.

 ¿Quién dice que lo hago a través de la mirilla? Me he acostumbrado a sacar la basura precisamente a la hora en la que pasa delante de mi casa.

Y ese dato se le ocurría dármelo precisamente en ese momento…

 Arpía…

Mi amiga se rió y yo volví a mirar al nuevo vecino, de rostro enigmáticamente sensual, cabello engominado hacia atrás y labios pecaminosamente seductores. Estaba tratando de encontrar una excusa para abalanzarme sobre él y quitarle la máscara cuando los enanos ya estaban bajando las escaleras a toda prisa, en pos de una nueva puerta en la que recitar lo de “Truco o Trato”. Mi amiga siguió riendo cuando comenzó a caminar detrás del grupo de niños, dejándome allí plantada, mirando al fantasma, mientras de pronto él se percataba de que había una bruja que no seguía el grupo que hasta hacía un momento asaltaba sus reservas de golosinas.

Me vi dejando que me levantara la falda de tul y que mordisqueara mis nalgas. Y eso que aún no había probado el sabor de sus labios… Tenía que aprender a empezar por el principio. Un “hola, ¿qué tal?” estaría bien. “Soy tu vecina de tres números más arriba. Cuando quieras podemos salir juntos a correr, aunque tendré que ir detrás porque no estoy en muy buena forma”.

Y así aprovecharía para mirarle el culo…

Pero no. En vez de eso me veía pidiéndole que me envolviera en sus brazos y me llevara directamente a su dormitorio. Que me descubriera los entresijos de su colchón mientras gemía y se enteraba todo el vecindario de que había alguien viviendo por fin -y follando también- en casa de los Hernández. Que no se desnudara para hacerlo y que no me desnudara a mí tampoco.

Que mi cabello terminara aún más revuelto de lo que estaba…

Me calé mejor el sombrero puntiagudo de bruja y agité la barita retorcida que llevaba en la mano.

Se inclinó con una elegante reverencia, tocándose la máscara blanca que le ocultaba la mitad del rostro con dos largos dedos.

Y sin más desapareció en el interior de la casa, dejando la puerta abierta.

Y sin más pensé que era un buen momento para preguntarle si podía usar su cuarto de baño. No era la primera vez que entraba en casa de los Hernández. Sabía que el baño quedaba, como en todas partes, al fondo… a la derecha.

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me duele la maldita muñeca

Que sí, que la nieve es muy bonita. Que lo de pararse a ver cómo nieva cuando estás en la ventana de casa, con un buen libro y un chocolate caliente esperándote en tu taza favorita es una imagen de postal para las redes sociales. Pero a mí, hoy, que he tenido que salir corriendo de mi piso, sin la ropa adecuada para buscarle a mi sobrina el regalo que había pedido en su carta a los Reyes Magos, no me hace ni puñetera gracia.

Es más, hoy odio la nieve.

Mi hermana me avisó esta mañana, con voz angustiada, de que no había podido localizar el juguete que más ansiaba la pequeñaja de la casa. Al parecer unas compañeras de clase se lo metieron por los ojos en el último momento, diciéndole que a todo el mundo le van a dejar una de esas muñecas debajo del árbol los tres reyes de pacotilla, y mi sobrina al final ha caído en la tentación y quiere lo mismo que el resto de las renacuajas del colegio.

Y la muñeca está agotada desde hace semanas.

— ¡No la encuentro por ninguna parte! -gritó mi hermana, histérica, por teléfono cuando estaba yo entrando en la oficina esa mañana-. ¡Y como no se la regale la niña se muere de pena!

— Ya será para menos -respondí yo, encendiendo el ordenador y dejando la taza de café junto al monitor.

— Como se nota que no eres madre…

Era la frase lapidaria de mi querida hermana. Esa que usaba siempre que no la entendía, cuando le decía que exageraba, cuando trataba de que viera las cosas con cierta perspectiva. Y siempre me ganaba con ella. Era cierto, no era madre y no sabía lo que era el sufrimiento de un hijo por algo tan pueril como una simple muñeca, pero sí recordaba lo que era ser niña y que los Reyes Magos no me dejaran debajo del árbol lo que yo quería. Lo de recibir siempre ropa aburrida, libros y cosas que me hacían falta para el colegio -léase una calculadora, un compás o un estuche porque el anterior se me había perdido- era muy de nuestra madre.

Y si yo había sobrevivido a eso…

— ¡Ayúdame, anda! -me pidió mi hermana, gimoteando al otro lado de la línea telefónica.

Sí, yo había sobrevivido a mi madre, pero me acordaba de mis tristes Navidades. Con cierto resentimiento.

Miré por la ventana y vi que comenzaba a nevar.

Mierda.

— Vale -accedí yo-. ¿Alguna pista?

— Una mamá se jacta de tener reservadas tres muñecas para revenderlas por el triple de su valor después de la Cabalgata de Reyes -me informó, dando grititos de alegría-. En la juguetería del centro comercial de las afueras.

<>

— Déjalo en mis manos.

Y en mis manos estaba, precisamente, una de esas tres muñecas, fea como el demonio, pero tan apreciada por las niñas ese año. Me había dejado tirada el coche a un kilómetro del centro comercial, básicamente porque no tenía cadenas y se había enterrado en la nieve. Era normal que no las llevara ya que no me gustaba conducir cuando hacía tan mal tiempo, pero las circunstancias me habían obligado a abandonar la comodidad de mi salón aquella tarde, cuando mis planes incluían una manta, un café humeante y la serie Narcos. Y mi coche se me había quejado a mí al igual que yo me había quejado a mi hermana y mi hermana se habría quejado a vete a saber quién.

Empapada hasta los huesos, iba. Enterrando los pies hasta los tobillos en nieve. Me iba a pasar el día de Reyes con una neumonía en cama, lo veía venir. Pero, al menos, mi querida y mimosa sobrinilla tendría su muñeca espantosa, al igual que el resto de sus compañeras de clase. Y la madre especuladora de muñecas horribles tendría una menos con la que hacer negocio para luego pagarse los tratamientos de belleza que le hacían falta para arreglarse esa cara tan dura.

Total, sólo había tenido que hablar con el encargado de la juguetería, averiguar si era verdad lo que se rumoreaba sobre que había un par de esas codiciadas muñecas en uno de sus almacenes… y después chupársela.

Sencillo y rápido.

Iba a ser verdad que lo de no recibir juguetes por Navidad me había convertido en una mujer extraña a la hora de resolver problemas.

Me imaginaba que mi hermana contaba con mi falta de escrúpulos a la hora de resolver los problemas al haberme enviado a mí a buscar el ansiado regalo. Respiré hondo, abrazándome a la muñeca, con los pies fríos como el demonio, mientras rezaba para encontrarme el coche dónde se había quedado atrapado, junto con otros cinco vehículos más. Yo no había podido permitirme el lujo de esperar a que la quitanieves llegara para liberarnos, como el resto de los ocupantes que prefirió resguardarse con la calefacción puesta. Era tarde, la juguetería cerraba a las diez y no me había querido arriesgar. El día siguiente iba a ser un infierno en las zonas comerciales y no sabía cuándo iría la mamá gánster a buscar las dichosas muñecas, así que tenía pocas opciones.

Y mis tacones no me lo pusieron fácil.

Tenía que haber comprado unas botas de nieve. Me pasa por gilipollas.

Ciertamente, tras acorralar al encargado de la tienda en el almacén, con la excusa de ser una periodista en busca de la preciada foto de la maldita muñeca para el reportaje que saldría en prensa al día siguiente, me había quedado sin ganas de merodear por el centro comercial buscando un calzado más adecuado. Allí, delante de las tres cajas que la madre especuladora tenía reservadas, pensé en la posibilidad de coger una y salir corriendo, pero tampoco para eso me iban a venir bien los tacones que llevaba puestos. Necesitaba otro plan. Y ya que el tipo que tenía delante me había dejado bien claro que no estaban a la venta… tenía que ser uno muy radical.

Y yo, cuando me ponía en ese plan, siempre acababa metiéndome en líos.

— Una mamada y me llevo la muñeca -le dije, de sopetón, sacando un preservativo de mi bolso.

Ni que decir que el encargado se quedó con la boca abierta.

Tenía pinta de dormir, tristemente, con muñecas. Algo entrado en carnes, con el pantalón sujeto al cuerpo gracias a unos tirantes rojos adornados con hojas de muérdago, y la piel tan blanca que supuse que no le daba mucho el sol a lo largo del año; era la típica imagen de un hombre venido a menos, divorciado y viviendo de nuevo en la casa de su madre, donde compartía espacio con otros tres gatos y una muñeca hinchable que escondía todas las mañanas para que no pudiera reprenderlo como a un crío por estar masturbándose en la intimidad.

<<¡Esas guarradas dejan ciego!>>

El sujeto perfecto para que utilizara mis malas artes.

— ¿Perdona?

— Perdonado -le respondí, con una sonrisa traviesa. Me relamí el labio inferior, dando a entender que me apetecía mucho que me dijera que sí.

— No es periodista, ¿a que no?

— A veces lo soy… Hago un poco de todo.

No era plan confesarle a ese tipo que era investigadora privada y que mi falta de escrúpulos me hacía un buen servicio en mi profesión. No por nada me dedicaba a espiar, primordialmente, y a fotografiar situaciones comprometidas que luego, mis clientes, podían usar para fines muy diversos. Y casi nunca terminaban bien para el fotografiado.

— Esas muñecas tienen dueño…

— Seguro que se le puede ocurrir una excusa que justifique que, en vez de tres… haya dos -comenté, zalamera, acercándome al encargado y llevando mis manos al botón de su pantalón. Allí los dejé, esperando su reacción.

No era la primera vez que mi descaro me llevaba a recibir un bofetón, por lo que había aprendido a dejar que mi presa asimilara en verdad mis intenciones antes de asaltarla. Y lo de poner a las claras mis intenciones, con un gesto además de con palabras, era algo que era obligatorio cuando mi siguiente paso era arrodillarme delante de él.

Y eso hice cuando no me apartó las manos, como sabía que ocurriría.

— Puedes decirle que una la robaron del almacén -le sugerí yo, mientras empezaba a desabrochar el botón, viendo a escasos centímetros que el bulto del pantalón comenzaba a crecer-. También puedes comentar que hubo un escape de agua y que la muñeca se echó a perder porque estaba en el suelo, junto con otros tantos juguetes. Puedes decirle que tus empleados hicieron mal el inventario y que nunca existió esa tercera muñeca, sino que solamente habían sido dos…

Para cuando mis dedos hubieron bajado la cremallera el encargado gemía y resoplaba ruidosamente, dejándome claro que no iba a ponerme ninguna traba.

Y descubrí unos calzoncillos de Superman al soltar los tirantes y dejar que los pantalones se le escurrieran hasta los tobillos.

Completamente empalmado.

— Así que no te preocupes. Yo te pago la muñeca, tú le dices a la persona que las tiene reservadas que hubo un problema… y listo.

Metí la mano dentro de sus calzoncillos y los bajé, liberando una polla gruesa que hacía juego con su barriga. Olía a limpio, cosa que me dejó mucho más tranquila. Levanté la vista y lo vi mirando al techo, con la boca entreabierta y los dientes apretados, resoplando entre ellos. Tenía los puños cerrados muy cerca de mi cabeza, como si tratara de contener la necesidad de aferrarme los cabellos y empezar a follarme la boca

— Asiente si me has entendido.

Se lo dejé claro, más que nada porque si de pronto me metía todo aquello en la boca, se corría de dos lametazos y luego escurría el bulto me entrarían ganas de matarlo. Y en ese momento no llevaba mi arma reglamentaria en el bolso, así que tendría que tirarlo al suelo, retorcerle un brazo y hacer que llorara hasta que entrara en razón.

Pero él, muy listo, mientras comenzaba a subir y bajar la mano por su polla, y le mostraba el preservativo fuera de su envoltorio, listo para poner sobre su capullo sonrosado, tomó la caja de la muñeca del estante e hizo un gesto afirmativo muy contundente con la cabeza.

— Me encanta hacer negocios contigo.

Ya después, cuando llegué a casa de mi hermana con el maldito juguete, seguía manteniendo el sabor del látex en la boca. Como sospeché, habían hecho falta sólo un par de lametones para que empezaran a temblarle las piernas. Aferré su capullo con los labios y chupé hasta que aquel tipo dejó de gritar y golpear la pared donde tenía apoyada la espalda, con los puños cerrados.

Hasta que el preservativo se llenó de su leche espesa y su polla dejó de estar tan dura e hinchada que apenas si me cabía en la boca.

Pero eso, claro está, no se lo dije a mi hermana.

Le entregué la muñeca y ella no hizo muchas preguntas, sólo si me debía algo. Le entregué la factura. Que le hiciera favores a mi hermana no quería decir que al final tuviera que pagarlos también. En el albarán de pago de mi empresa -Servicios Completos, S.L.- que leería después, cuando me marché de su casa, había escrito el precio de la muñeca… y el del preservativo con sabor a fresa.

Pero nunca hacía preguntas.

Y yo tampoco las respondía.

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El saber estar

Mi cara de sorpresa con tu respuesta, tus ojos ilusionados a la espera de la mía.
Un guiño, una sonrisa, un asentimiento.
Un compromiso… tu regalo.
Decididamente organizar toda esta parafernalia para ofrecerte lo que quieras pedirme por tu onomástica tal vez me fuera a salir tremendamente caro. Una caída de los párpados al hacerte el ofrecimiento mientras la música suena de fondo en el interior tapizado de cuero de tu coche. La calefacción puesta, perlando de sudor las pieles de ambos. Las luces iluminando levemente tu rostro, con los ojos cerrados y el gesto tenso. Y excitado. Te conozco. Estabas completamente cachondo. Aunque no te lo creas, después de tantos años, casi puedo hasta olerte.
Preguntarte qué quieres como presente y verte sonrojar. Deliciosa reacción que me hizo humedecer las bragas. Verte dudar ante el deseo de contestar sinceramente o tras la cortesía de ser comedido en lo que se pide. Ganó, por suerte, tu egoísmo, y me perdí en tu respuesta al igual que lo hiciste tú en mi sonrisa.
Un trío…
La siguiente pregunta lógica que me pudo asaltar es la que seguro debías estar deseando darme. Saber, sentir. Verte temblar ante la idea de continuar con las peticiones, y yo excitarme sin remedio con la espera.
¿Otra mujer? La pregunta… Hacértela, imaginándome lamiendo otro sexo femenino; tú empalándola, los dos fundiéndonos con el sudor que queremos provocarle. Magnífica imagen de la tercera devorando tu polla encendida tras recorrerle el coño y partirle el alma. Escena diabólica, la que me muero por brindarle a tus ojos chupando sus pezones y separando sus nalgas para facilitarte las vistas y la entrada al encularla.
Sí… me vi haciendo tantas cosas que todavía no he hecho…
Maravillosa escena…
Magnífica experiencia la que me esperaba.
Besar sus labios y mancharme con su carmín, enredar mis dedos en sus cabellos y tironear de su cabeza para exponer su cuello a la lengua que pretende degustar el sabor de su perfume. Y enterrar mi rostro entres sus piernas… Perder mis labios entre los pliegues que nunca he llegado a imaginar tan de cerca. Morderla, acariciarla… o simplemente observarla y olerla.
Me miraste, entregado y sonriente. Me sentí estremecer bajo la intensidad de tus ojos, clavados en los míos. Mi piel quemó sobre los huesos, que se removían inquietos, extraña y deliciosamente excitados. Un ser expectante con cobertura de mujer, rendida a la voluntad de su esposo…
Otro tío…
Tu respuesta me dejó helada, e inmediatamente me ardió el coño… y desde ahí el resto del cuerpo. Me sentí quemar hasta las orejas. Dos pollas para ocuparme, dos pollas para sentirme plena y llena. Sonreí, completamente cachonda. Mi macho me quería disfrutar encelada como nunca, extasiada, rendida y sometida. Me quería retener en su mente tras dibujarme en sus retinas y regalarse los oídos. Mi marido me quería emputecida… me quería entregada a sus deseos lascivos.
Y me rendí… claro que me rendí…
Porque quería dos pollas, y las quería como él se las imaginaba; una en mi coño y otra en mi culo, compitiendo por el espacio, disfrutando de los roces; una en la boca y la otra en mi mano, acompasando el movimiento mientras disfruto del sabor; una corriéndose en mis pechos… y la otra haciéndolo en mi vientre. Derramadas, ambas, para tu deleite… y secretamente, para el mío.
Gozarlas al mismo tiempo, o solo disfrutar una mientras el dueño de la otra se la cascaba observando. Morbosidad extrema el entregar mis entrañas al elegido para que tú te masturbes con la visión de mi cuerpo penetrado por su polla. Regalarte mis gemidos, mis posturas, mi leguaje grosero y vulgar… ese que tantas veces te la ha puesto tiesa antes. Decirte que me gusta cómo me folla tu amigo, mirarte a los ojos mientras jadeo con cada nalgada que le propine a mi culo, pedirle más polla solo para que aumentes tú el ritmo de los movimientos de tu mano.
Sí. Sexo por el placer de mostrarte cómo me lo hace otro tío, y cómo me corro para complacerte. Y, por qué no… también porque me da la gana disfrutarlo. Al fin y al cabo, al elegir tú la forma de canjear tu regalo me das la opción de ser la zorra que siempre quise, que tal vez muchas veces soñaste, y que pocas veces nos hemos permitido el lujo de ser.
Sexo por sexo, sin más explicaciones. Dos cuerpos… o más… Frotándose. Golpeándose. Chocando. Sudando juntos, compartiendo mucho más que humedades.
Mi amante maldito… ¿Así me querías? Así me tendrás.
Asentir cuando se refleja la angustia en tus ojos. Saber que tu polla estaba tiesa, sin duda, mientras la espera se convertía en veredicto. Saber que solo la idea te estremecía y te moja el calzoncillo… al igual que hago yo con mis bragas. Saber, y empezar a conocer tu alma, como parecías conocer tú la mía.
Disfrutarte enterrado entre mis piernas mientras tú lo haces disfrutando de la follada que el invitado le dedicaría a mi boca. Impregnarme de sensaciones nuevas, morirme de gusto mientras, sabiéndote cachondo y deleitado cuando tu polla quieta en el coño sentiría el roce de la segunda en mi culo, y su presión te haría llegar al clímax ansiado.
Tu rostro de satisfacción ahora que la imaginación dio un paso, y me tienes ofrecida a tu polla, bajo tu cuerpo, con las piernas abiertas recibiendo el peso de tu hombría con cada embestida. Y mi rostro sorprendido todavía cuando nunca pude imaginar lo que querías. Pero observar tu cara llena de goce teniendo al fin el regalo ansiado me deleita como si la segunda polla estuviera taladrando mi culo… y no el tuyo…
Tus envites empujados por las caderas de tu amante, ese que entiendo que te perfora el culo desde hace tiempo y que ahora quieres compartir conmigo. Cara de tonta que tuve que reflejar cuando lo vi dedicar sus atenciones a tus nalgas, y no a las mías.
¿Desde cuándo? Eso se pregunta mi mente, mientras tus gemidos resuenan en mi cabeza, unidos a los suyos. Tus ojos buscando mi aprobación, clavándose en los míos, que juegan con los retazos de imágenes que les brinda tu amante. Su boca besando tu cuello, su frente apoyada en tu nuca, sus manos aferradas a tus caderas mientras imagino su polla perforándote el culo.
¿Desde cuándo?
¿Cuándo te hizo falta algo más en la cama, y no me di cuenta? ¿Cuándo quisiste pedirme algo, y no te di pie…? ¿Cuándo te imaginaste follar con un hombre y se te puso dura?
¿Cuándo lo hiciste?
Te escenifico en su cama, jodiendo desesperado, dejándose chupar la verga, masturbándote mientras se la devoras con hambre famélica. Te imagino y me mojo… Esa es la verdad. Me mojo… Te imagino tirado en el suelo, elevando el culo, entregando tu agujero a la dureza de tu amante, esperando el envite que te llegue hasta el fondo, el chocar de sus huevos contra los tuyos si los pones a tiro… Te imagino completamente erecto, con el rictus contraído mientras tu culo cede a la presión de la polla. Te imagino gozando de las manos que se anclan a tus nalgas, separándolas. Te imagino estremecerte cuando su saliva cae desde su boca hasta la abertura dilatada, y sientes el frío y la humedad para facilitar la entrada. Te imagino…
¡Dios, cómo te imagino!
Y ahora ya no imagino, te miro y me mojo…
La rabia que siento se difumina al calentarse mis entrañas con las embestidas del extraño. La impotencia se transforma en morbo, y la sorpresa se torna en pura perversión. El hombre que tantos años me ha castigado el culo se corre desde vete tú a saber cuánto cuando otro macho le castiga el suyo. Te mueves, emputecido, contra mi coño, y me siento a punto de correr con la polla más dura que me has ofrecido en la vida. Y son tus jadeos los culpables, y tu rostro completamente nuevo.
¡Joder! ¡Cómo me gusta que me folles ahora! ¡Cómo estoy disfrutando de tus necesidades, de tus perversiones, de tus jodidas fantasías!
¡Cómo me embistes! Nunca la tuviste tan dura, nunca me destrozaste tanto el coño como en este preciso instante… ¡Mátame de gusto, haz que me importe una mierda el hecho de que es el otro y no yo el que te ha puesto en tal estado! Nubla el resto de las partes de mi ser que ahora mismo no están pendientes de ese trozo de carne que me destroza las entrañas, que me encela, me moja, me calienta y me hará correr.
¡Dame más polla! Dámela porque es él el que te empuja, ya que tal vez ahora no es tu verga la parte que te produce esos gemidos. No son mis tetas ni mis labios, ni mi coño el que te encabrita. Es la jodida polla que te empuja al enterrarse en tu cuerpo y que te clava contra el mío. Dame más rápido, que me va a dar igual correrme por el ritmo de tus caderas o de las suyas.
Fóllame fuerte, dame duro… Córrete en mis carnes que yo lo haré con las tuyas.

Y ya decidiré luego si el que te gusten también los tíos mañana es un problema…

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